Los días blancos / Diario de reversos

 15 de julio, martes

Ayer lunes, de pronto me vi yendo al mar.

No al agua abierta de las lanchas y de los barcos

sino a la playa sin gente, vacía o solo transitada por perros

 o por niños o por algún loco.

Pocas veces he tenido los chances de escapar

el primer día laborable de la semana, y verme lejos,

acunado en las aguas, pensando allí en las oficinas ocupadas

y en el metro; en los centros comerciales ahogados en luz,

en las colas de los bancos, en las del supermercado,

en el calor de vidrio de la autopista a mediodía.

Es como un extraño placer, ese de estar fuera de todo

como si se hubiese abierto una bolsa o un paréntesis

desde el que sin embargo podemos ver la vida

(la vida sorda, digo, el trajín), y desde allí sentir

que estamos apenas a un estirón de mano de regresar,

y con sonrisa maliciosa decidimos no hacerlo.

Quedarse, estar ahí, flotante,

como una aceituna en un cóctel exquisito

recibiendo susurros y lamidas de sol,

con algún libro al que podemos retomar desde el principio

o desde una página de la que no quisimos salir

quién sabe por cuál razón.

Pero tampoco sin música, si acaso con los sonidos

del entorno: un carro veloz y una radio encendida a lo lejos.

Creo que nunca también se está

sino cerca de ese chasquido que hace el oleaje muerto,

un lunes a media mañana, mientras la ciudad se cuece.

 

Los días blancos / Diario de reversos

11 de julio, viernes.

 

No, no siempre tenemos una buena noche

una de esas en la que dormimos como anestesiados,

en paz con nosotros mismos, con la calle,

la oficina y la mujer que respira justo a nuestro lado.

Anoche volvieron a visitarme mis daimones:

un varón y una hembra. Uno apareció arriba,

cerca de mis hombros, otro abajo, sobre mis caderas.

El de arriba ladraba y se agitaba y me sacudía

no para que despertase sino como riéndose de mí

y diciéndome con alaraca de hiena “déjame entrar, déjame entrar”.

La de abajo abrió una boca huesuda hasta un punto

en que nadie sino un animal puede hacerlo,

con intención de morderme la nalga derecha. 

Yo vi su mandíbula y sus muelas blanquísimas.

Entonces, como suelo hacer cuando sé que estoy

de lleno en un sueño, quise conjurar aquella grotesca jauría

que me halaba más adentro y comencé a contar, 1, 2, 3,

repetidas veces, como para invocar

un recurso de la razón en aquella invisible marea de la noche.

Nunca quiero seguirlos, nunca quiero darles entrada.

No sé qué quieren, qué traen para mí. Muchas veces he sentido

cómo sin motivos me ahogan, me persiguen, me acosan.

Tengo la certeza de que no vienen con regalos.

Sólo puedo afirmar que si son la llave, la clave, la cifra  

de entrada a otro reino hacen muy mal su papel.

No estaría demás un poco de cortesía, un amable gesto,

una voz cordial que no arrase sino invite o seduzca.

¿Es mucho pedir? Por favor señor del sueño

recoge tus perros y no envíes a nadie a buscarme

al menos por una buena cantidad de años.

Y déjame dormir y descansar que al final de la semana

se hace muy pesado levantarse repetidamente tan temprano.

 

 

 

 

 

El beso y la salvación

 

 

En la cena última te besó en la mejilla.

De este modo sucedieron las cosas:

a esa hora estabas ebrio de furor

y tu cabeza era un avispero

de afirmaciones y de negaciones.

Ya casi no podías oír, no podías ver.

Te sentaste junto al grupo, un discípulo más

entre otros, invocando la paciencia del que escucha

y ensaya la puesta en escena que está por ocurrir.

           En medio del silencio previo

a la revelación, en el suspenso compartido

hombro a hombro, en el preámbulo,

en el pean de una voz que escucharías

por última vez; en la camaradería a la que invitaban

los alimentos y la mesa para todos servida

(el placer del agua con sabor a cántaro, el trigo cocido),

en el brindis que hacía el maestro para despedirse

fuiste tú el señalado para la salvación,

fuiste tú el destinado a unir las puntas del lazo.

Pero fuiste tú el último en saberlo.

            Entraste a la cena sintiendo el aceite

del error en las manos.

Y fue entonces cuando te besó.

(Realmente así ocurrieron las cosas).

Si al menos hubieses podido advertirlo,

acaso hubieses creído que ese beso

era el perdón concedido por adelantado.

Hubieses creído que de ese modo el Maestro

era conocedor de tu secreto, de tu traición.

             Pobre de ti, animal de sacrificio, reo de inocencia.

Recibiste unas monedas por el enviado

y el enviado a culminar la tarea eras tú.

Por eso el señor te besó en la mejilla:

no para perdonarte, no para condenarte

sino para que lo salvaras a él

al otorgarle una razón humana de entrar

en la Gloria de su muerte.

           No hubo crucifixión sobre aquella colina

sino en tus hombros frágiles, en el humano error.

Fuiste la cuerda más delgada, la hoja, la hebra;

fuiste la brizna, el sudor, fuiste la piel y el latido.

Todo eso tuviste que ser para llevarlo hasta el Padre.

           Desde esta hora y este día te saludamos, año a año.

Por ti, Judas, sabemos realmente lo que somos:

la ignorancia, la incredulidad, el nervio no saciado,

la duda. Por eso, en cuaresma encendemos

un fuego para ti, llamarada de nuestra condición.

Por ti se ha hecho carne el mensaje,

por ti nos es dado elevarnos hacia Él.

Nos abriste las puertas con el humo y la ceniza

que dejan tu cuerpo de trapo.

Todos te celebramos, Judas,

mientras las calles se quedas íngrimas

y en los templos no cabe un alma

de los que aguaradan la Segunda Venida.

Ahora que han pasado los años

Ahora que han pasado

los años, las aguas, los días

y sus pieles muertas;

ahora que pasaron las horas insistentes,

lo que viene con nosotros

sigue con nosotros:

las mismas maderas del inicio,

la gana prolongada de lo cotidiano,

el clima extensivo de la voz,

los abrazos que han sido

también liberación y encierro.

Está lejos la playa de la que partimos

alguna vez. Sin embargo

quedan huellas en la arena

de la memoria, el recuerdo alado

sobre el oleaje de ayer.

Hoy hacemos un alto para escuchar

lo que el viento levanta y otra vez

se lleva. Intentamos colorear

una imagen que gastan soles y nubes

y quiere siempre renovarse.

Hacemos un alto para mirarnos

de nuevo, queriendo que de pronto

la lluvia caprichosa nos lave el rostro

y podamos, con entusiasmo

de viajeros que ignoran las distancias,

enfilar hacia el lugar del que nunca

hemos salido. Tú y yo: antiguos

y acabados de nacer.

Desazón

Hay dos acepciones de la palabra que dan la idea casi justa de lo que sentimos hoy en el país: malestar, pesadumbre. La desazón es la atmósfera, el clima que se superpone a todo, como una niebla espesa y persistente. Desde distintos sectores, agrupaciones, perspectivas personales, desde ámbitos laborales grandes o pequeños, se ha intentado con denuedo no tener que admitir este clima que nos encapota los días y las noches.

Admitir la desazón puede resultar para algunos como el dar entrada cabal y plena al desplome y al colapso total. Mirar de frente y aceptar, con el resto de lucidez que nos quede, que el estado al que hemos llegado es real, concreto, es tan arduo que preferimos ignorar su presencia, su llegada a las puertas mismas de nuestras vidas. No es sólo eso que quedó asentado en una línea famosa y muy leída, según la cual el hombre no puede soportar la mínima porción de realidad, sino que ya incluso con esa incapacidad de origen, por decirlo de algún modo, no podemos soslayarlo. No podemos ignorar que ignoramos. Curiosa paradoja.

El país, los acontecimientos públicos, la vida más o menos ciudadana, se nos está viniendo encima. Mucho de lo que enfrentamos a diario en el amplio espectro de la vida política que practicamos los venezolanos, se achica o se endurece, o adquiere filo lacerante que nos hiere muy hondo. Respiramos, sí, pero no de seguridades, mucho menos de sosiego. El aire está muy enrarecido. Incorporamos más angustia de la que somos capaces de exhalar.

Con esto no se trata de aguar la fiesta o de ser pájaro de malos agüeros porque tampoco se trata de ser optimistas a ultranza, de esos que acuden a los decálogos que vendedores de recetas para la felicidad reparten por ahí. No se trata de eso. Se trata más bien de hacer un alto, una significativa reducción de la marcha para ir al encuentro de lo que nos sobrepasa, con la honesta intención de que esto pueda sernos de alguna utilidad.

Los discursos malsanos, la flagrante trata de voluntades, la esclavización de las conciencias, la apurada gana de arruinar todo estado más o menos logrado de convivencia humana, la purga y el golpe, la persecución, la ira bien administrada y bien remunerada, son algunas de las actitudes que en estos momentos levantan nubes de plomo (muchas veces literalmente) en un cielo que era regalada amplitud.

No es cierto que hay un corazón que late vivísimo en el cuerpo de la patria. No. Lo que hay es un discurso al que obligan a moverse a latigazos cada vez más sonoros; hay unas palabras-esclavo que acarrean sin cesar una vitalidad sin perfil; hay un mandato que sale por boca de parlantes atronadores y esparcidos por donde quiera que vamos, que nos ordenan ser felices, agradecidos, sumisos. Hay el grito y el dedo amenazante como único sentido de orientación civil. Todo esto no hace patria, ni vida comunitaria ni personal.

Tiempos confusos ha habido siempre. Tiempos de horror también. Pero no por ello podemos perder la cabeza hasta el punto en que nada racional, al menos una pequeña porción de lo que nos hace seres habitantes de una nación, se convierta en simple hojarasca barrida por el mal tiempo. Este mal tiempo.

Con todo, aprender a llevar la desazón como una pieza más del equipaje, y aunque pesada, al menos nuestra. Aceptarla compañera a ver si ella, de algún modo que por ahora desconocemos, pueda volverse empuje para lo que está por venir.

Madre nuestra

Hoy es tu día

y te recordamos

Madre de los que mueren

con una chupeta en la boca

de los camilleros

de las enfermeras

Madre de los que entran a tu seno

con el cuerpo cosido

Madre de la morfina

y el formol

de tus pezones

bebemos de día

bebemos de noche

bebemos y bebemos

Madre redonda

acoges a esta ciudad

sobre la que una maldición se cumple

Madre tebana

tus rebullones chillan

tus pájaros tienen sed

Madre aguacero

protege a los que van hacia ti

ahogados en sangre

hoy es tu día

Madre de los pañuelos

y de los coletos

Madre de los hospitales

de las capillas

Madre mortificada

tus hijos regresan temprano

Madre morgue