El beso y la salvación

 

 

En la cena última te besó en la mejilla.

De este modo sucedieron las cosas:

a esa hora estabas ebrio de furor

y tu cabeza era un avispero

de afirmaciones y de negaciones.

Ya casi no podías oír, no podías ver.

Te sentaste junto al grupo, un discípulo más

entre otros, invocando la paciencia del que escucha

y ensaya la puesta en escena que está por ocurrir.

           En medio del silencio previo

a la revelación, en el suspenso compartido

hombro a hombro, en el preámbulo,

en el pean de una voz que escucharías

por última vez; en la camaradería a la que invitaban

los alimentos y la mesa para todos servida

(el placer del agua con sabor a cántaro, el trigo cocido),

en el brindis que hacía el maestro para despedirse

fuiste tú el señalado para la salvación,

fuiste tú el destinado a unir las puntas del lazo.

Pero fuiste tú el último en saberlo.

            Entraste a la cena sintiendo el aceite

del error en las manos.

Y fue entonces cuando te besó.

(Realmente así ocurrieron las cosas).

Si al menos hubieses podido advertirlo,

acaso hubieses creído que ese beso

era el perdón concedido por adelantado.

Hubieses creído que de ese modo el Maestro

era conocedor de tu secreto, de tu traición.

             Pobre de ti, animal de sacrificio, reo de inocencia.

Recibiste unas monedas por el enviado

y el enviado a culminar la tarea eras tú.

Por eso el señor te besó en la mejilla:

no para perdonarte, no para condenarte

sino para que lo salvaras a él

al otorgarle una razón humana de entrar

en la Gloria de su muerte.

           No hubo crucifixión sobre aquella colina

sino en tus hombros frágiles, en el humano error.

Fuiste la cuerda más delgada, la hoja, la hebra;

fuiste la brizna, el sudor, fuiste la piel y el latido.

Todo eso tuviste que ser para llevarlo hasta el Padre.

           Desde esta hora y este día te saludamos, año a año.

Por ti, Judas, sabemos realmente lo que somos:

la ignorancia, la incredulidad, el nervio no saciado,

la duda. Por eso, en cuaresma encendemos

un fuego para ti, llamarada de nuestra condición.

Por ti se ha hecho carne el mensaje,

por ti nos es dado elevarnos hacia Él.

Nos abriste las puertas con el humo y la ceniza

que dejan tu cuerpo de trapo.

Todos te celebramos, Judas,

mientras las calles se quedas íngrimas

y en los templos no cabe un alma

de los que aguaradan la Segunda Venida.

Ahora que han pasado los años

Ahora que han pasado

los años, las aguas, los días

y sus pieles muertas;

ahora que pasaron las horas insistentes,

lo que viene con nosotros

sigue con nosotros:

las mismas maderas del inicio,

la gana prolongada de lo cotidiano,

el clima extensivo de la voz,

los abrazos que han sido

también liberación y encierro.

Está lejos la playa de la que partimos

alguna vez. Sin embargo

quedan huellas en la arena

de la memoria, el recuerdo alado

sobre el oleaje de ayer.

Hoy hacemos un alto para escuchar

lo que el viento levanta y otra vez

se lleva. Intentamos colorear

una imagen que gastan soles y nubes

y quiere siempre renovarse.

Hacemos un alto para mirarnos

de nuevo, queriendo que de pronto

la lluvia caprichosa nos lave el rostro

y podamos, con entusiasmo

de viajeros que ignoran las distancias,

enfilar hacia el lugar del que nunca

hemos salido. Tú y yo: antiguos

y acabados de nacer.

Desazón

Hay dos acepciones de la palabra que dan la idea casi justa de lo que sentimos hoy en el país: malestar, pesadumbre. La desazón es la atmósfera, el clima que se superpone a todo, como una niebla espesa y persistente. Desde distintos sectores, agrupaciones, perspectivas personales, desde ámbitos laborales grandes o pequeños, se ha intentado con denuedo no tener que admitir este clima que nos encapota los días y las noches.

Admitir la desazón puede resultar para algunos como el dar entrada cabal y plena al desplome y al colapso total. Mirar de frente y aceptar, con el resto de lucidez que nos quede, que el estado al que hemos llegado es real, concreto, es tan arduo que preferimos ignorar su presencia, su llegada a las puertas mismas de nuestras vidas. No es sólo eso que quedó asentado en una línea famosa y muy leída, según la cual el hombre no puede soportar la mínima porción de realidad, sino que ya incluso con esa incapacidad de origen, por decirlo de algún modo, no podemos soslayarlo. No podemos ignorar que ignoramos. Curiosa paradoja.

El país, los acontecimientos públicos, la vida más o menos ciudadana, se nos está viniendo encima. Mucho de lo que enfrentamos a diario en el amplio espectro de la vida política que practicamos los venezolanos, se achica o se endurece, o adquiere filo lacerante que nos hiere muy hondo. Respiramos, sí, pero no de seguridades, mucho menos de sosiego. El aire está muy enrarecido. Incorporamos más angustia de la que somos capaces de exhalar.

Con esto no se trata de aguar la fiesta o de ser pájaro de malos agüeros porque tampoco se trata de ser optimistas a ultranza, de esos que acuden a los decálogos que vendedores de recetas para la felicidad reparten por ahí. No se trata de eso. Se trata más bien de hacer un alto, una significativa reducción de la marcha para ir al encuentro de lo que nos sobrepasa, con la honesta intención de que esto pueda sernos de alguna utilidad.

Los discursos malsanos, la flagrante trata de voluntades, la esclavización de las conciencias, la apurada gana de arruinar todo estado más o menos logrado de convivencia humana, la purga y el golpe, la persecución, la ira bien administrada y bien remunerada, son algunas de las actitudes que en estos momentos levantan nubes de plomo (muchas veces literalmente) en un cielo que era regalada amplitud.

No es cierto que hay un corazón que late vivísimo en el cuerpo de la patria. No. Lo que hay es un discurso al que obligan a moverse a latigazos cada vez más sonoros; hay unas palabras-esclavo que acarrean sin cesar una vitalidad sin perfil; hay un mandato que sale por boca de parlantes atronadores y esparcidos por donde quiera que vamos, que nos ordenan ser felices, agradecidos, sumisos. Hay el grito y el dedo amenazante como único sentido de orientación civil. Todo esto no hace patria, ni vida comunitaria ni personal.

Tiempos confusos ha habido siempre. Tiempos de horror también. Pero no por ello podemos perder la cabeza hasta el punto en que nada racional, al menos una pequeña porción de lo que nos hace seres habitantes de una nación, se convierta en simple hojarasca barrida por el mal tiempo. Este mal tiempo.

Con todo, aprender a llevar la desazón como una pieza más del equipaje, y aunque pesada, al menos nuestra. Aceptarla compañera a ver si ella, de algún modo que por ahora desconocemos, pueda volverse empuje para lo que está por venir.

Madre nuestra

Hoy es tu día

y te recordamos

Madre de los que mueren

con una chupeta en la boca

de los camilleros

de las enfermeras

Madre de los que entran a tu seno

con el cuerpo cosido

Madre de la morfina

y el formol

de tus pezones

bebemos de día

bebemos de noche

bebemos y bebemos

Madre redonda

acoges a esta ciudad

sobre la que una maldición se cumple

Madre tebana

tus rebullones chillan

tus pájaros tienen sed

Madre aguacero

protege a los que van hacia ti

ahogados en sangre

hoy es tu día

Madre de los pañuelos

y de los coletos

Madre de los hospitales

de las capillas

Madre mortificada

tus hijos regresan temprano

Madre morgue

Pájaro

Todo el aire en la boca
las voces líquidas, las miradas
este volar sobre los techos
sombra, sol, sombra de azules nubes
el sonido haciéndose largo, redondo
árboles, nudos de hoja, monedas verdes
nidos abiertos, abandonados
ciudad que a ratos emerge, sale del agua
ventanas donde se ahoga la luz
viajo a la velocidad del recuerdo
llevo en mí el pelaje de los años
las distancias cerradas para siempre
los caminos terminados sin empezar
tanto aire sobre el pasado, tanto
la intención del vuelo es sacar a la luz
aire y humedad alrededor de unos nombres
aquellos que siguen ordenando la niñez
lejanías de la voz, temperaturas del cuerpo
voy por alturas enormes y el punto de partida
se vuelve mancha, botón, agujero
sobre el espacio terrestre que a ratos se borra

Peñero

El agua es una forma del aire y sobre ella toman vuelo las maderas, la ida y el regreso de un cuerpo hecho en el trabajo de navegar.

     Animal de lomo rojo, de costado blanco, de larga respiración en las superficies, lo cabalgan sin domeñarlo, sin rendirlo en su insistencia de siglos sobre el mar.

    Pero un dictamen quiere obligarlo a no seguir.

    El calendario de las estrellas le arroja a la cara la erosión del azar, lo llena de arenas punzantes.

    El marinero que lo lleva tiene días sin bajar hasta la playa, sin ponerle una mano, sin botarlo. Hierve en la lengua del calor, tirita bajo la húmeda luna. Está enfermo de pesares y duerme su gozosa tristeza hamacado en la suerte de su inconciencia y los malos alcoholes.

    Antes, todo fue trámite hacia los peces. Ahora, recipiente vaciado de frutos. Cesta tendida.

    Otros pescadores van y vienen, cada uno en su propio resuello, en sus navíos no importa si de huesos pero diligentes.

    Menos este, que se cuece como una concha sobre metales, descuadernándose poco a poco, espina relamida y quebrada bajo las suelas de las horas.

    Quiere pedirle a la lluvia que lo arrase todo y así regresar a su centro, que es un aire de madera, de tierra, y desaparecer.