Bergoglio

 

Conmovido por las maneras en que el Papa dice lo que dice.

Estuvo en México y sobre las plataformas que levantan para que se vea y hable, el viento pasa sobre todos susurrando cosas que sólo él puede traducir.

Parece que sabe abrir los lenguajes cifrados del espíritu.
Rememora.

Echa a volar aves de inocencia frente a multitudes, con una voz como usada para doblar pañuelos.

Recuerda los tres más grandes defectos humanos.

Antes de decirlos, deja un momento barrer al viento los pensamientos atrevidos y ahogados de la asistencia.
Un silencio de agua comienza a gotear.

Entonces, a pleno sol, recuerda los tres grandes males: la codicia de dinero, la vanidad y el orgullo. (Nunca usó, otro asombro, la palabra pecado).
El último de ellos es el terrible. La hoja con la que corta el Mal. Es el encumbramiento ante el otro, la distancia, el muro de abismos.

La creación se tambalea cuando la soberbia reina a pleno día.

Fuera de la santidad de su palabra, en el mundo mundano nuestro, el orgullo acaba con la vida, simplemente.
Hace abortar los animales más bellos.
Una ciudad se hace imposible.
Lo que acaba de enlazarse encuentra pronto su desgarradura.

Bergoglio recuerda, alzando la mirada, como si lo viera , como si impugnarlo de algún modo lo hiciera presente, que con lo demoníaco no se dialoga.
Es la fuerza que siempre vence.

Frente a aquello, solo alcanzaríamos a responder con la otra voz.
Jamás nuestras palabras podrían asistirnos.
La otra voz es la que alguna vez escuchamos y de pronto perdimos.

Ante el mal: responder con la escritura que no hemos entendido, que no podemos repetir.
Con el mal no se dialoga.
Debemos volver al pozo del origen.
Salvarnos puede ser aprender a rememorar.

El Papa abre sus palmas blancas.
Dice a la multitud, y gotea al fondo un silencio:
pueden ustedes ir en paz.

Asesinada

 

La república ha sido destrozada.

Queda el movimiento confuso de los gestos, la voz de oradores asomados al vacío.

Puro nervio y saliva atomizada. Más nada.

Pasa el aire entre pilares que el sol desconchará.

La tristeza de ver perderse en el oleaje devorador el centro que aún quedaba, órgano que latía por reflejo.

El tirano y su manada de trabajadores de la ruina, camaradas que inauguran o levantan una edificación quitando la primera piedra, luego la segunda y la siguiente. El resto es dejado al aire de sus perros.

El hueso ciudadano nos ha sido arrebatado.

La vértebra central se abrió de madre.

La charla de menudeo / las señas pasadas de padres a hijos

los ademanes de complicidad y de aceptación

la jovialidad ofrecida en la plaza / los obsequios de la rasa humildad

el gesto gratuito de manos

la conversación súbita / el pensamiento en voz alta

la brevedad del tú, el apretón, el espaldarazo

se han vuelto piltrafa, desgarradura, jirones exhibidos como premios de caza, piezas del descuartizamiento de lo que fue una ciudad.

La calle como campo (exter) minado.

A pleno sol, ver a alguien convertirse en garra y en colmillo.

La república ha sido asesinada.

Amy

19 de febrero

La sorpresa de un documental a las dos de la tarde.

Sobre ella, mi Amy.

A los catorce años ya sabía traducir las voces de la oscuridad.

Recibió un regalo que a pocos les es concedido: traer aquí arriba el sonido de entidades mayores, fuerzas que han estado demasiado tiempo bajo tierra.

No supo jamás que ese obsequio sería cobrado al más alto precio, y nosotros tampoco.

Qué brillos nocturnos, qué fraseo detrás de las estrellas.

Y su hermosura de muchacha vieja, sabedora de las caídas interminables del afecto, de las negritudes terrestres.

Su máscara juvenil sobre un alma alcohólica.

Su octava vocal rodeada de pliegues carnosos.

Sus ojos de oliva y su rímel egipcio que espantan espíritus inútiles hasta en la muerte.

Te quise, Amy.

Siempre deseé casarme con una judía.

Tener ningún hijo, quedarme a solas con ella bajo el rocío sexual de sus labios, recoger con la lengua gotas de largas sesiones de ebriedad.

Te quise, Amy. Y ahora no estás.

Vas por tu cuenta descendiendo las alturas del abismo.

Un dedo va enroscando por puro gusto tu cabello de yegua.

Parece que vas llegando a poner orden y un poco de nobleza para el otro reino.

Llevas contigo la prueba de lo que nace honradamente bajo el sol, mucho de gracia y belleza.

Te recibirán -no has llegado aún- con atenciones, se postrarán cuando digas tu nombre.

Una sala de baño llena de vapores, una bañera de morfina, un cigarrillo, un ánfora de ginebra te esperan.

Te quise, Amy.

Me dejas una cadencia que no dejo de repetir.

Me dejas una nostalgia que se enrosca.

Entra una corriente húmeda en mi espacio y me levanto a cerrar las ventanas.