El san Sebastián de la autopista

El san Sebastian de la autopista
(Foto: Raúl Romero)
Si no se nos parece al mártir asaeteado y después azotado hasta la muerte, allá en los días del emperador romano Diocleciano, el joven flaco y largo que este jueves 20 de abril caminó con sus carnes al viento en medio de la represión, al menos nos puede recordar a esos eremitas cristianos, peregrinos de hambre y sueños angélicos de la Edad Media. Allí apareció entre la turba, desnudo, con un koala terciado a modo de zurrón y una Biblia en la mano, dirigiendo sus pasos directamente a las tanquetas de la guardia, al humo y los puntiagudos dientes de los perdigones. Gritaba, hablaba para sí y extendía los brazos como si ya supiera que lo esperaban unos maderos para la crucifixión.
            Las imágenes que vimos de él quizá hayan podido despertar en nosotros memoria de algo que aprendimos en nuestras primeras horas espirituales, todas ellas muy escondidas al fondo de cada quien, cubiertas de peroles personales, renuncias, abjuraciones y decepciones mundanas. O, simplemente,  bajo capas de aburrimiento. Y eso que tal vez haya emergido al contemplar sus gestos de entrega, de atrevimiento, de franco desatino, pero también de valentía, despojo, y humildad frente a la más bruta de las sañas políticas que se viven hoy en nuestra ciudad, sea la vieja sabiduría de intentar torcer el curso de las cosas, de desviar el devenir de los acontecimientos, llevados por la sola fuerza de la convicción, de la entrega y de la humillación voluntaria. Eso que se llama fe.
            Un San Sebastián herido, entregado y dispuesto a recibir todos los castigos, fue lo que vi en esas imágenes del joven Hans Wuerich, los brazos en cruz, bajo un cielo de humo que hacía arder los ojos y la piel. Con su libro de oraciones en una mano, iba pidiendo a la barbarie que no lanzaran más bombas. Se atrevió a lo que nadie se ha atrevido en las previas manifestaciones por la libertad y la decencia que nos han arrebatado. Se atrevió a desnudarse y a pedir, ante el monstruo, que cesara el horror. Y se ofreció como pieza de cambio, como enclenque animal de sacrificio. O así pareció.
            Hay imágenes que pueden calar hondo. La desgracia de la vida ciudadana que ahora padecemos viene pródiga en regalos negros como estas del San Sebastián de la autopista. O como la de Paola, cayendo de boca al asfalto, mordiendo demasiado temprano el suelo de su tierra tachirense. No sé que tan dormidos estemos, pero una muy antigua señora llamada compasión parece despertarse, sacudirse la modorra de años, y salir a la avenida a gritar su desesperación a los cuatro vientos.

 

 

 

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Caminamos

 

Caminamos en este tiempo
por los confines del jardín.
Lejos de su centro, aquel
no puede intervenir aun cuando
todo alrededor le pertenezca.
Venimos a una tierra sin adjudicar
cedida apenas para un breve estar y seguir.
Y aquí vamos. Pugnamos
por encontar en lo conocido
un rincón más privado,
algo que sin nombre podamos
llamar nuestro.
Preparamos un lecho de hojarasca,
reunimos guijarros, encedemos
yesca para luego levantar calor.
Nos damos a la noche como fragmentos
libres del peso de un destino
impuesto, de una vigilia y una orden.
Esto nos corresponde:
andar el borde lejano del Edén
donde los animales
pueden amarse, y repetir y volver
a decirse la palabras
que dan comienzo a todo.
En las fronteras de la creación:
vivos para rememorar.

Marcel y la vida conyugal

 

Marcel se enferma de vida conyugal.
De pronto le cae al rostro una verdad contundente,
como cuando se abre una cortina y el sol pega de lleno:
el matrimonio acaba con el amor.
Es que antepone demasiadas condiciones,
coloca barrotes, primero, luego, un perro guardián
y una alcabala con soldados.
Piensa que el amor del matrimonio es santificado por la hiel,
pasado a fuego cada noche y muchas mañanas,
tirado en todas direcciones,
como un condenado a descuartizamiento.
Al comienzo (todos los días) es un  gran árbol cargado de los alimentos
         más suculentos.
Al final (todas las noches) se sacude como fiera,
incendia de arrebato su follaje y regresa al puro hueso quemado,
al íngrimo disfrute de la devastación cotidiana,
la destrucción de lo que nació de la plenitud compartida.
Marcel parece cansarse de la vida conyugal (o ella de él).
Todas las veces que su cabeza cae sobre la cama, un reloj
de manecillas de acoso le abre el cráneo, le saca virutas,
rompe corteza a puro pico.
Marcel se pone a soñar y le da por pesadillas.
Qué extraño: cruzar la ciudad con una mujer que, al principio,
fue diosa que abría el mediodía,
luego, colmillo y risa sobre los recuerdos.
Una mujer que es un arma disparada sobre una multitud
de apenas un sujeto: Marcel.
­­­­­­
Porque, piensa, afloran demasiadas quejas,
detalles milimétricos que solo reconocen las hormigas,
eventos recuperados de alguna capa geológica,
variaciones imperceptibles de la temperatura;
un juego de adivinanzas sobre una cornisa que da a un precipicio;
una lista de tareas que solo pueden sospecharse y cumplirse con ayuda
         de un médium;
un juego de barajas con apenas cuatro cartas:
el As de dónde estabas / la Pica de bueno para nada / el Trébol de seis culpas
el Diamante que se niega para castigar.
Marcel se siente enfermo.
Remienda su chaqueta de perdido, une las puntas del cuello
y pega las mangas a los bolsillos.
Pobre Marcel, escucha de tantas voces que soporte, que espere, que resista.
Le es dicho que pase con frente humilde por los más espesos pantanos
de la desdicha.
Su marcha ha de ser constante aún bajo todo el peso de la galaxia
y el espacio restante desconocido
(muchas veces ha sentido que meteoritos
y basura estelar le chocan detrás de las orejas).
Le son auspiciadas las bondades que le esperan al final del recorrido:
dos seres casados tienen todo el cielo para ellos, y al final,
después del descenso a los infiernos de la nadería,
del paso por los castigos, del juego de las incoherencias
y la rueda inacabable de los caprichos ­­­–todos razonables, todos merecidos–
le será concedida recompensa.
Marcel, sin creerlo, pero conminado a hacerlo,
intenta sentir que a su lado duerme una mujer
y no la Piedra Filosofal.