Baker & Evans

14 de enero.

Madrugada.

 

Conmigo, Chet Baker y Bill Evans a esta hora que yo quisiera obligar a ser redonda, pero la tarea es imposible.

Es ella la que gana a pura insistencia y silencio.

Una Leyendary Session de dos caballeros de humo.

Me alargan la hora sin luz o con poquísima luz.

Los encontré como si de pronto hubiera entrado al andén de alguna estación de metro.

Vengo con la velocidad miserable de mi ciudad, con el aliento en el rostro de los oradores que han bebido un whisky de mafiosos.

Vengo con una ira republicana, echando pestes a los cielos apagados.

La tiranía de la sordidez me desasosiega.

La política bañada en los vómitos de los odiadores me jode a fondo y el día no puede ser sino una mugrosa cuerda de ahorcados, por las que han pasado muchos, y de la que ahora me descuelgo a ver si puedo dormir un poco.

Y camino hacia mí mismo.

Un camino hacia mi cabeza solitaria en un balcón en el que topo con Baker & Evans, bien vestidos y algo pasados de tragos.

Y suenan como si estuvieran bajo el agua.

Qué suerte poder entrar en esa morfina de viejos amantes del diablo.

No les interesa para nada los deberes ni las tareas cotidianas ni las esposas.

Seguiré las volutas de sus cigarros como un pichón que mira hacia arriba, que desea elevarse.

De pronto vuelva en mí, guiado por la suavidad sonora de sus pérdidas.

De pronto sepan salvarme.

Quería leer algo, pero ya para qué.

Me dejo suministrar esta dosis inesperada en mi propia casa, asomado a la noche, mirando los bombillos insomnes, envejeciendo hacia atrás.

Qué puta ciudad, qué desgracia de animales de encarnada corbata.

Alguien tiene que morir pero no seré yo.

Me trepo por el humo de una cadencia oscura y me voy.

Por esta noche, al menos, que todo se vaya a la mierda.

 

 

 

El mal es el odio a lo bello

Recuerdo de febrero de 2013

Le pregunté a J., si no sentía lo mismo que yo en relación a esa sensación extraña y espeluznante de que el mal se está moviendo en el país de un modo como no se había visto antes, y estuvo de acuerdo y dijo cosas al respecto. Como siempre, lo que dijo fue sustancioso y certero, dicho con puntería de quien ha vivido y reflexionado durante años; dicho por quien o para quien la literatura y el arte han sido el ámbito esencial de toda la existencia (no en balde ha sido profesor durante décadas).

Varias cosas dijo, pero quiero recordar la que consideré central en todo lo que dijo:”el mal es el odio a la belleza, a lo bello”. Para J., el mal aparece allí donde la belleza se muestra, y aparece para destruirla, para asesinarla (mencionamos, de pasada, a Yago). La aparición de lo bello es suficiente para que lo maligno salga a cobrárselo: no lo soporta, no lo tolera. Belleza puede seguir entendiéndose como se ha entendido desde Homero hasta los románticos o incluso hasta después. Pero puede entenderse lo bello como todo lo que está vivo, lo que está animado, lo que brota libre, libérrimo sobre la tierra, o entre humanos, como la alegría, la amistad, los momentos eróticos con nuestra pareja; los hermosos días con los hijos y con nuestros padres, si es que acaso nos acompañan todavía. Esa es la belleza deseable, a la que humanamente tenemos acceso y derecho. La belleza concreta, corporal, en la que lo divino se muestra y nos recompensa.

Azul noviembre

Diecinueve de noviembre de 1948. Debió de haber sido una mañana fría aunque iluminada, propia de la época del año cuando la ciudad se abrigaba más de lo corriente. El rocío de la noche seguramente permaneció sobre los techos, los árboles, los objetos, hasta bien entrada la mañana. Pero tal vez lo más resaltante de ver fue ese azul intenso, limpio, como una laja esmaltada, que en una Caracas que ahora es recuerdo, debió sobreponerse con una contundencia insoslayable. El cielo era una presencia: limpio de nubes, iluminado de un sol que se haría más frío con los días de fin de año; de un sol que menguaba sus fuegos cotidianos.

Tal vez eso fue lo que percibió desde una ventana o en salida breve a los laterales del palacio de Miraflores el único testigo que dio cuenta del golpe de Estado hecho a Rómulo Gallegos. Gonzalo Barrios, que ejercía entonces el cargo de Secretario de la Presidencia de la República, fue el encargado de coordinar y recibir a los militares que ese 19 de noviembre, hace hoy 67 años, llevaron al presidente un pliego de peticiones con la idea de no tener que llegar a los resultados que luego la historia conoció.

La cita estuvo planeada para las 11 y una vez llegados los militares Carlos Delgado Chalbaud, Marcos Pérez Jiménez y Llovera Páez,  ministro de la Defensa, Jefe del Estado Mayor y subjefe, respectivamente, pasaron al despacho de la presidencia donde un largo sofá acogió a los tres. Casi frente a ellos estaba el escritorio detrás del cual esperaba el presidente Gallegos. Este se levantó y fue a sentarse en un mueble que hacía juego con el sofá, igual que lo hizo el secretario Barrios. Allí, Presidente y secretario, escucharon de la voz del propio ministro de la defensa, Delgado Chalbaud, las peticiones que tenían elaboradas desde tiempo antes, y que según ellos, su consideración y cumplimiento por parte del presidente Gallegos impediría que los rumores que corrían durante meses en relación a una conspiración castrense finalmente se hicieran reales. Obviamente, la presencia de los militares en ese despacho y la lectura del pliego descubrían la sedición.

Las peticiones eran tajantes: exilar a Betancourt, impedir el regreso del comandante Mario Vargas, el deslinde completo del Presidente de su partido Acción Democrática, la renuncia a que eligiera los mandos militares y las promociones, entre otras demandas. El Presidente, según nos cuenta Barrios, respondió a cada una de esas peticiones sin acceder a ninguna, argumentando que considerar siquiera una sería violar lo dispuesto en la constitución que había refrendado el pueblo hacía apenas un año más o menos. La firmeza de Gallegos no se expresó exaltadamente sino que salió de una voz y de unos gestos que evidenciaban hondura y serenidad de convicción. El secretario Barrios cuenta que esa actitud emanaba una energía que mostraba su fuerza por el nerviosismo que los propios sediciosos comenzaron a manifestar. Luego, como en una escena de drama del absurdo, el Presidente deja solos a los conjurados y les dice: “los dejo aquí para que tomen un acuerdo en conformidad con mi respuesta; ya mi suerte está echada, la de la República queda en manos de ustedes”. Y quedó, cinco días más tarde, en manos de ellos.

Conocemos por algunos historiadores pero sobre todo por magníficas compilaciones de artículos de prensa y documentos, como las editadas por Editorial Centauro, creada por el gran editor Catalá, y por las Ediciones del Congreso de la República de Venezuela, dirigida por el historiador Ramón J. Velásquez, lo que aconteció entre el 15 de noviembre de ese año 48 y el 24, cuando finalmente Miraflores fue ocupado por fuerzas militares y se consumó el golpe. Según los testimonios, ese año, a partir de abril, el ambiente de la ciudad comenzó a cargarse de aires pesados. La oposición al presidente Gallegos se hizo intensa y en ocasiones implacable y despiadada. Opiniones viajaban de aquí para allá a velocidades cada vez mayores; diatribas públicas, tanto como conversaciones en los corrillos políticos, chanzas, recreaciones y caricaturas en la prensa del país, mostraban una notoria polifonía de desacuerdos y malestares de los que el gobierno comenzó a acusar recibo bastante pronto. Fue un año raro, podría decirse, entre otras cosas, porque había un presidente elegido por voto popular, directo y secreto. Quizá esa fue la mayor rareza. Teníamos un presidente democráticamente elegido y en ejercicio de sus funciones. Además, era un gran escritor, de fama internacional, y probablemente el que mejor comprendió y reflexionó en sus novelas sobre el alma venezolana. Más rarezas. Tuvimos un mandatario que quería gobernar bien, con altura, sin ideas excluyentes, con fe de acero en las instituciones apenas nacidas, con entrega ciega al poder y a la transformación que las leyes y la constitución podían lograr en los ciudadanos. Esto último, la rareza suprema, fue lo que probablemente lo llevó al fracaso: le impidió actuar de manera práctica, con mano izquierda, sabiendo adelantarse, intuyendo con antelación los posibles problemas, las amenazas latentes, y conseguirles una solución eficaz.

En ese despacho, ese 19 de noviembre de 1948, frente a hombres que él mismo había elegido para sus cargos, Gallegos ya estaba perdido. Fue un mandatario que confió demasiado. Que otorgó y que en esa altura que le daba la fe (la suya) se quedó flotando solo, como un globo al que se le ha cortado el hilo que lo sujetaba. Hacia el azul compacto, sin fisuras de ese día, se levantó el primer presidente elegido democráticamente por los venezolanos. De ese cielo no ha vuelto a bajar.