Correos de la penuria (2)

domingo 18

 

“Abandonar, dejar sin amparo ni favor a alguien o algo que lo pide o necesita”.

 

 

Esa es la definición que encuentro en el diccionario de la palabra que me subió a la boca abruptamente. Me ha movido a tener que escribir buscando dónde y cómo anclar esa aparición, ese fantasma sonoro (desamparo) que me tomó desprevenido, apenas entré a mi lugar y que te comenté un tanto violentamente, en el correo anterior, como si hubiera tenido que escribir en una servilleta tomada de cualquier mesa y garabatear en ella desesperos y urgencias más que palabras. Lo primero que cualquiera pudiera pensar es el porqué de tanto alarde con esto, por qué elevar a un nivel de atención, casi de alarma, un sentimiento, una constatación tan notoria, pero al mismo tiempo personalísima, como si yo fuese el único individuo sobre toda la tierra el que le estuviera pasando una cosa así. Fíjate en esta palabra que está en la definición: “favor”, en la frase “estar sin favor”; esa palabra rebaja suficientemente, creo, el tono algo patético (¿tal vez trágico?) de lo que podrías estar sintiendo al yo ponerla aquí, hacerla sonar aquí como la última frase de un aria cantada a sala llena, con miles o cientos de ojos y el doble de oídos siguiéndola en su longitud y ejecución, nunca pesada o solemne por ella misma, sino tal vez por el gesto que se supone va teniendo el que la ejecuta en la misma medida en que lo hace; el gesto que no es solo el de los labios sino el de todo el rostro: los ojos casi hundidos, renunciantes a no querer ver ya nada; la boca, al principio abierta en los primero fonemas pero luego cerrándose como la mueca que haría un comediante que repite un número triste espléndidamente bien y con gracia. Desamparado podría ser aquel, entonces, que no recibe favor, uno, el más importante, quizá no el definitivo sino el que es clave para su situación. Pero, en mi caso, ¿cuál es mi situación? ¿Cómo iba a saber que necesitaba así no más la asistencia de algo o de alguien que precisamente por no tener a mi alcance termina por resultar entonces en este asalto que me deja inerme, como al borde de un precipicio, nunca real sino presentido (o por eso mismo más real), con temblor y con vértigo, mientras cualquiera que me estuviera contemplando en este momento hubiese podido constatar que nada me salía al paso para interrumpirme, nada hacía de obstáculo a mi alrededor, nada me lastraba fatalmente, y no poder justificar frente a los que miran esta rara revelación que ahora te hago, esa de sentirme desvalido, íngrimo, sin el aliciente de algún favor, sensación oculta hasta ahora pero por lo visto más que necesaria de salir a decir lo suyo?

Los 10 mejores consejos de Ray Bradbury para convertirse en escritor

  1. No empieces escribiendo novelas: Ocupan demasiado tiempo y, según Bradbury, es mejor lanzarse a escribir un montón de historias cortas, tantas como sea posible. «No se pueden escribir 52 malos cuentos seguidos»
  2. Los puedes amar, pero no puedes ser ellos: Los grandes maestros están allí y los vas a intentar copiar, aunque sea de manera subconsciente. Tenlo en cuenta.
  3. Analiza a los grandes maestros del relato corto: Bradbury nos habla, por ejemplo, de Dahl. Yo añadiría también sus propios cuentos.
  4. Amuebla tu cabeza: Leer, leer y leer. Todos los días, antes de dormir, un cuento, un poema o un ensayo. Eso sí, según él, nada de cosas modernas.
  5. Líbrate de los amigos que no creen en ti: No te rodees de gente que se burla de lo que escribes o de tus ambiciones literarias. Son un lastre.
  6. Vive en la biblioteca: ¡Nada de ordenadores! Bradbury era un gran defensor de las bibliotecas públicas. De los ordenadores tenía mucha peor opinión.
  7. Enamórate de las películas: Y si son clásicas, mejor.
  8. Escribe con alegría: Escribir no es un negocio serio y si empiezas a sentir la literatura como si fuera un trabajo, es que se convertirá en basura. Hay que dar envidia con lo que haces.
  9. Haz una lista con diez cosas que adoras y otras diez que odias: Entonces escribe sobre las diez primeras y luego mata las diez segundas, escribiendo también sobre ellas. Haz lo mismo con tus miedos.
  10. Recuerda, con la escritura lo que estás buscando es tan sólo a una persona que se acerque y te diga «Me encanta lo que haces»: O, como también dice Bradbury, una persona que se te acerque y diga «no estás tan chalado como dice la gente»

Publicación original en queleer.com

Correos de la penuria

jueves catorce

Muy probablemente te preguntarás por qué he puesto el nombre que lleva el asunto de este correo. Te extrañará que, de pronto, al abrir como siempre tu casillero, aparezca este, entre seguramente otros tantos correos que debes mirar y desechar o responder aun cuando no te apetezca hacerlo, con semejante título de entrada. Y bueno, ¿qué podría decirte? ¿Acaso no sientes que de algún modo estamos pasando, estamos como moviéndonos en un ambiente no digo extraño, que claro que lo es, sino difícil, mucho más que duro y, además, en muchas ocasiones, más de las que yo hubiera querido y podido soportar, haciendo que nos sintamos de-sam-pa-ra-dos? No consigo, no me viene otra voz a la boca que esta que me dice o me sale, como una moneda que no sabía que llevaba en los bolsillos y que de pronto encuentro, al mover la mano, al palpar ahí como al descuido y con esa ingenuidad de lo que revisamos sin que pensemos en lo que estamos haciendo, confiados de entrada, y que esto, no obstante, nos regala un sentimiento (a veces, otras cosas) que no creíamos que teníamos en las mismas narices nuestras de todos los días. No vayas a acusarme por esto de exagerado o de dramático, más allá de lo soportable. Como te digo, yo también he sido sorprendido. ¿Qué hago, cómo asumo la aparición de algo que sin verlo venir me toma de un modo que no puedo obviar, aunque sí, hago esfuerzos razonables para echarlo a un lado, como si de un estorbo se tratara, como un dolor de cabeza no demasiado intenso pero permanente, duradero a través de los días, pegado a ti, mejor dicho, tan dentro de ti que incluso parece que te habla, te dice “ponme atención”, como algo que cobra y tiene vida autónoma y no le importa si tú haces esto o lo otro, si estás repleto de obligaciones; si estás entretenido o irremediablemente atascado en las tareas de la vida de afuera, de los otros, la vida que también es tu vida, pero que ahora, por esta aparición súbita del desamparo, te parece que no es tan tuya, que te hace otro, otro en ti mismo, tímidamente, sin comunicarlo a nadie, sonando como campana en un ámbito vacío, ese que eres tú mismo cuando no te queda más remedio que prestar atención a lo que no quiere agotar su llamado aunque para dejar de oirlo puedas o quieras someterte a cualquier rudeza con solo dejar de oírlo? El desamparo, sí, ese que he sentido al entrar a mi casa, al cruzar la sala y detenerme a las puertas de mi habitación, como de costumbre, para sacarme la ropa de todo el día y comenzar a hacer casa, a ponerme cómodo pensando en qué distraerme con el televisor, con cuál trago cerrar la jornada rutinaria, en la que probablemente hizo calor o muchísimo frío (el invierno de la oficina), y allí parado, sin siquiera haber encendido la luz, quitándome los zapatos con la punta de los pies, sin destrenzarlos, buscando esa sensación de alivio que implica desembarazarse de toda amarra, de lo convenientemente ajustado pero que al sacarnos de encima nos procura un alivio enorme, como esa muela que nos fastidiaba y que por gracia nos sacan de un tajo y el dolor se va con ella; así, en ese momento sin nombre, me ha venido la sensación de que irremediablemente no tengo, no he tenido, y quizás no tendré, a quién recurrir, o de qué manera aliviar eso que por su gana abrupta me detiene en el umbral mismo de mi cuarto y me deja mirando fijamente, como embobado, la ventana y las luces lejanas; los edificios ya poco iluminados, en una penumbra inevitable, como objetos enormes que en cámara lenta entraran al mar en una noche cerrada, igual que ahora, que te escribo para que sepas qué pudiera estar pasándome…