Diario/13 de julio

       Camillera: la noche y su único trabajo sobre la ciudad,
detenida momentáneamente, achicada y sosteniendo el latido,
esperando,  esperando su turno, su minuto de saltar.
       Ese instante de ir por los cuerpos que la están aguardando a esta hora:
cuántos caídos, cuántas bocas que están gritando ahora pidiendo por ella,
que pueda salvarlos o sacarlos del lugar donde se yace.
       Camillera: están gritando por ti, alada señora de las madrugadas.
Están clamando desde los charcos, las alcantarillas, las aceras, los negros baldíos.
       Un grito y otro y otro rasgan la noche.
       Tu otro nombre, tu seña para los muertos con los ojos abiertos.
       Atiende: sal a recoger tu leva de cadáveres, ve por los solícitos acólitos
que cuidan tus altares siempre frescos, que viven por ti, viven en ti,
cayendo de continuo como palos podridos, crujiendo largo por la ciudad.
       Hijastros tuyos esos que cada vez muerden el polvo,
descendiendo en cámara lenta, diciéndote (llamándote) entre oleajes de saliva amarga.
       Recógelos antes de que caigan, o si ya una vez caídos,
tiéndeles tu mullida colcha de las agonías, de las fugadas respiraciones.
       No hundas las orejas en el agua, camillera.
Escucha a quienes te llaman y alárgales tu cadena de señora al menos otra jornada.

Diario/18 de noviembre

Eso de pasar por la calle como cuando se camina dormido
fue lo que hoy sentí al salir para la oficina.
Me dije, me iba diciendo mientras pasaba las dos accidentadas cuadras
hasta la boca del metro.
Qué difícil habitar esta city, esta caja de peroles viejos
esta cueva de animales hambrientos.
Y así iba, sin más, algo melancólico según se me llenaba la cabeza
de incomodidades y desagrados.

 

No es posible sostener esto y sin embargo la carga cae sobre uno
como aguacero que empapa y resfría que ni te cuento.
Mojado, más bien anegado por todas las frustraciones de no ver
sino edificios que se hunden, vehículos escapando
y gente, sobre todo gente, que ha decidido regresar al aullido,
al colmillo, a la desgarradura en público,
al impudor de sacarle tajos al prójimo a plena luz del día,
abriendo la boca solo para mostrar la lengua rota.

 

Qué desgracia.
Siento que camino por un suelo lleno de huesos
en el que las moscas tejen su ronda de visitas e instalan sus salas de parto.
Me pregunto si soy de aquí y sé la respuesta, aunque confieso
que quisiera tener otra menos agria a la mano.

 

Sí, soy de aquí y todos los días voy a trabajar.
Invento subterfugios con los que creo podré salvarme:
leer empedernidamente, disfrutar del amor de los amigos
o de las exclusivas bandejas
que, a su gana, suele acercarme el sexo de vez en cuando.
Siempre poquito, pero bendito.
Y sigo caminando o me detengo antes de bajar unas escaleras.

La cola del pan

Mientras saboreaba mi café

Mientras le daba vueltas a la espuma parda aglomerada en los bordes del vaso

Mientras alguien igual de soñoliento que yo pedía un segundo servicio

Pensaba que nada es tan vigoroso como olvidarse del mundo

Aunque sea por unos instantes

 

Ese placer cortísimo de llenarse la boca y dejar luego pasar

El máximo sabor de lo amargo y lo dulce

Y creerse salvado para la eternidad por esa gracia espesa del sabor

Qué regalos, piensa uno, qué delicias, no importa si tan breves

Para un día que comienza a orillas del desastre

Igual a todos los anteriores

 

Perdón, ya he roto la poca magia que había evocado

Pero dije que la gracia aletea a velocidades enormes sobre uno y se aleja

He tenido irremediables pretensiones de sostenerlo todo

Incluso lo más recio: el tiempo del placer que se nos licúa o evapora

 

En eso estaba cuando en el mismo lugar en el que degustaba mi porción

Se formaba una  larga cola de personas pugnando por entrar

Una línea que iba ordenándose según el dictamen de un hombre alto y corpulento

De voz imperiosa y movimientos totales

Ante el cual el aire mismo parecía replegarse para darle paso

 

Dejeme. Muy rápido estuve fuera de mí

Quise entender lo que ocurría y por desgracia no tuve que preguntar

La fila de gente se había instalado para esperar el pan

La salida del alimento de los hornos del modesto establecimiento

 

Qué hacen aquí a esta hora, me dije, si apenas han abierto

Y una voz sonó tonante y poderosa, como si me hubiese escuchado

“Esta gente pasa la mañana anclada a esta puerta

Incluso a sabiendas de que el pan no estará listo sino en cuatro horas”

 

Mi cejas crecieron, arco por sobre las nubes

Y pensé cómo poder darle crédito a aquello

Y aquello eran caras y cuerpos quizá todavía con la noche a cuestas

Desgajados miembros, colgaduras de tela y pelambres

De ojos excesivamente abiertos, como el que mira un fantasma

 

Cuatro horas de espera desde estas ocho a las que llego

Por una compra exigua, que apenas alcanzará para un día o menos

Al precio de quemarse la cabeza bajo el sol que irá creciendo

Parados allí sin más remedio, tal vez hasta sin ganas

Atrevidos por el recuerdo de un sabor, no por el hambre

 

Porque supongo que el pan no ha de saber igual cuando lo comemos dormidos

Anestesiados o enfermos

No ha de saber igual al albedrío de comprarlo por pura gana ciega

Por ese regocijo sin objeto de querer incorporarlo

De hacerlo verdaderamente nuestro, como este café

Que lamentablemente a estas alturas de la charla se ha terminado