Diario/18 de noviembre

Eso de pasar por la calle como cuando se camina dormido
fue lo que hoy sentí al salir para la oficina.
Me dije, me iba diciendo mientras pasaba las dos accidentadas cuadras
hasta la boca del metro.
Qué difícil habitar esta city, esta caja de peroles viejos
esta cueva de animales hambrientos.
Y así iba, sin más, algo melancólico según se me llenaba la cabeza
de incomodidades y desagrados.

 

No es posible sostener esto y sin embargo la carga cae sobre uno
como aguacero que empapa y resfría que ni te cuento.
Mojado, más bien anegado por todas las frustraciones de no ver
sino edificios que se hunden, vehículos escapando
y gente, sobre todo gente, que ha decidido regresar al aullido,
al colmillo, a la desgarradura en público,
al impudor de sacarle tajos al prójimo a plena luz del día,
abriendo la boca solo para mostrar la lengua rota.

 

Qué desgracia.
Siento que camino por un suelo lleno de huesos
en el que las moscas tejen su ronda de visitas e instalan sus salas de parto.
Me pregunto si soy de aquí y sé la respuesta, aunque confieso
que quisiera tener otra menos agria a la mano.

 

Sí, soy de aquí y todos los días voy a trabajar.
Invento subterfugios con los que creo podré salvarme:
leer empedernidamente, disfrutar del amor de los amigos
o de las exclusivas bandejas
que, a su gana, suele acercarme el sexo de vez en cuando.
Siempre poquito, pero bendito.
Y sigo caminando o me detengo antes de bajar unas escaleras.
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Un comentario en “Diario/18 de noviembre

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