Diario/13 de julio

       Camillera: la noche y su único trabajo sobre la ciudad,
detenida momentáneamente, achicada y sosteniendo el latido,
esperando,  esperando su turno, su minuto de saltar.
       Ese instante de ir por los cuerpos que la están aguardando a esta hora:
cuántos caídos, cuántas bocas que están gritando ahora pidiendo por ella,
que pueda salvarlos o sacarlos del lugar donde se yace.
       Camillera: están gritando por ti, alada señora de las madrugadas.
Están clamando desde los charcos, las alcantarillas, las aceras, los negros baldíos.
       Un grito y otro y otro rasgan la noche.
       Tu otro nombre, tu seña para los muertos con los ojos abiertos.
       Atiende: sal a recoger tu leva de cadáveres, ve por los solícitos acólitos
que cuidan tus altares siempre frescos, que viven por ti, viven en ti,
cayendo de continuo como palos podridos, crujiendo largo por la ciudad.
       Hijastros tuyos esos que cada vez muerden el polvo,
descendiendo en cámara lenta, diciéndote (llamándote) entre oleajes de saliva amarga.
       Recógelos antes de que caigan, o si ya una vez caídos,
tiéndeles tu mullida colcha de las agonías, de las fugadas respiraciones.
       No hundas las orejas en el agua, camillera.
Escucha a quienes te llaman y alárgales tu cadena de señora al menos otra jornada.
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