Marcel y la vida conyugal

 

Marcel se enferma de vida conyugal.
De pronto le cae al rostro una verdad contundente,
como cuando se abre una cortina y el sol pega de lleno:
el matrimonio acaba con el amor.
Es que antepone demasiadas condiciones,
coloca barrotes, primero, luego, un perro guardián
y una alcabala con soldados.
Piensa que el amor del matrimonio es santificado por la hiel,
pasado a fuego cada noche y muchas mañanas,
tirado en todas direcciones,
como un condenado a descuartizamiento.
Al comienzo (todos los días) es un  gran árbol cargado de los alimentos
         más suculentos.
Al final (todas las noches) se sacude como fiera,
incendia de arrebato su follaje y regresa al puro hueso quemado,
al íngrimo disfrute de la devastación cotidiana,
la destrucción de lo que nació de la plenitud compartida.
Marcel parece cansarse de la vida conyugal (o ella de él).
Todas las veces que su cabeza cae sobre la cama, un reloj
de manecillas de acoso le abre el cráneo, le saca virutas,
rompe corteza a puro pico.
Marcel se pone a soñar y le da por pesadillas.
Qué extraño: cruzar la ciudad con una mujer que, al principio,
fue diosa que abría el mediodía,
luego, colmillo y risa sobre los recuerdos.
Una mujer que es un arma disparada sobre una multitud
de apenas un sujeto: Marcel.
­­­­­­
Porque, piensa, afloran demasiadas quejas,
detalles milimétricos que solo reconocen las hormigas,
eventos recuperados de alguna capa geológica,
variaciones imperceptibles de la temperatura;
un juego de adivinanzas sobre una cornisa que da a un precipicio;
una lista de tareas que solo pueden sospecharse y cumplirse con ayuda
         de un médium;
un juego de barajas con apenas cuatro cartas:
el As de dónde estabas / la Pica de bueno para nada / el Trébol de seis culpas
el Diamante que se niega para castigar.
Marcel se siente enfermo.
Remienda su chaqueta de perdido, une las puntas del cuello
y pega las mangas a los bolsillos.
Pobre Marcel, escucha de tantas voces que soporte, que espere, que resista.
Le es dicho que pase con frente humilde por los más espesos pantanos
de la desdicha.
Su marcha ha de ser constante aún bajo todo el peso de la galaxia
y el espacio restante desconocido
(muchas veces ha sentido que meteoritos
y basura estelar le chocan detrás de las orejas).
Le son auspiciadas las bondades que le esperan al final del recorrido:
dos seres casados tienen todo el cielo para ellos, y al final,
después del descenso a los infiernos de la nadería,
del paso por los castigos, del juego de las incoherencias
y la rueda inacabable de los caprichos ­­­–todos razonables, todos merecidos–
le será concedida recompensa.
Marcel, sin creerlo, pero conminado a hacerlo,
intenta sentir que a su lado duerme una mujer
y no la Piedra Filosofal.

Diario/20 de noviembre

Ayer, durante toda la tarde y parte de la noche
metido en la redacción, trabajando de guardia.
       Nada especial durante las horas. Lento, eso sí,
más de lo acostumbrado, por la espera de noticias
que no terminaban de llegar.
       Un trabajo este de meteorólogo o atisbador de nubes,
controlador del clima, mayordomo de caprichosos vientos
que lo mueven todo por la ciudad.
       Esperamos grandes cosas: la liberación de un alcalde preso,
declaraciones de rigor, comentarios y reacciones.
       A las diez y media la lluvia cantaba sobre el asfalto.
       El aire del recinto soplaba su aliento ártico
sobre monitores y sillas.
       Nadie fue finalmente puesto en libertad.
       La página deportiva cambió para actualizar los números
de la jornada (aquel equipo del litoral destrozó a su adversario).
       Cuando no ocurren los eventos esperados
el momento se desagua y perdemos con él la gana de una expectativa
que alimentó la espera
       y su cesación nos frustra aunque no lo verbalicemos
aunque sigamos metidos en nuestros cuatro muros personales
o nos hayamos puesto a escuchar alguna música o a hojear
las páginas de un libro.
       Termina la jornada.
       Me retiro lleno de minutos que ahora son cáscaras.

Diario/18 de noviembre

Eso de pasar por la calle como cuando se camina dormido
fue lo que hoy sentí al salir para la oficina.
Me dije, me iba diciendo mientras pasaba las dos accidentadas cuadras
hasta la boca del metro.
Qué difícil habitar esta city, esta caja de peroles viejos
esta cueva de animales hambrientos.
Y así iba, sin más, algo melancólico según se me llenaba la cabeza
de incomodidades y desagrados.

 

No es posible sostener esto y sin embargo la carga cae sobre uno
como aguacero que empapa y resfría que ni te cuento.
Mojado, más bien anegado por todas las frustraciones de no ver
sino edificios que se hunden, vehículos escapando
y gente, sobre todo gente, que ha decidido regresar al aullido,
al colmillo, a la desgarradura en público,
al impudor de sacarle tajos al prójimo a plena luz del día,
abriendo la boca solo para mostrar la lengua rota.

 

Qué desgracia.
Siento que camino por un suelo lleno de huesos
en el que las moscas tejen su ronda de visitas e instalan sus salas de parto.
Me pregunto si soy de aquí y sé la respuesta, aunque confieso
que quisiera tener otra menos agria a la mano.

 

Sí, soy de aquí y todos los días voy a trabajar.
Invento subterfugios con los que creo podré salvarme:
leer empedernidamente, disfrutar del amor de los amigos
o de las exclusivas bandejas
que, a su gana, suele acercarme el sexo de vez en cuando.
Siempre poquito, pero bendito.
Y sigo caminando o me detengo antes de bajar unas escaleras.