Palabras para el rebaño

De entre las distintas realidades que me tocan de cerca en el ir viviendo de siempre, contra la que más batallas tengo –y más derrotas–, es con la de saber que en mi ciudad el libro aún no ha ganado el corazón de los individuos. Por qué ocurre esto, aún está por saberse, y la perspectiva no parece que vaya a cambiar demasiado en el futuro próximo. Cuando digo libro, a lo que me refiero no es al objeto sino al acto de leer, a la lectura: para mí, la práctica más vivificante que se ha inventado, tal vez desplazada únicamente –como dice un amigo– por la aparición de la mujer sobre la tierra.

Mi frustración es una vieja frustración. Nunca ha habido grandes masas de lectores. Por esa como manía de totalidad y de absoluto que suele caracterizarnos, tendemos con mucha frecuencia a hacer de lo que creemos bueno en nuestra existencia deber para los otros, dictamen. Pero ya se sabe que ni la felicidad ni el placer pueden imponerse: ellos ganan por contagio, no por imposición. Así pasa con la lectura. Los que hemos decidido ampararnos en el goce que produce, los que hemos querido acompañar el tránsito de los días con la aventura y la pasión que otorga la escritura estamos bajo esa condición, a veces desagradable, de ir por el mundo ganando adeptos, arengando a los infieles, convirtiendo a los incrédulos. En todo lector, en todo verdadero lector, se agazapa un cruzado, un evangelizador –también un poeta.

Conste que mi interés es resaltar la demasía que implica vivir entre libros. Por ahora no importa si somos pocos los que, como miembros de un exclusivo club, nos juntamos para el aprovechamiento de ese regalo. Por ahora, el número no importa.

Me muevo entre personas para las que leer es, y lo digo aún de modo dramático, una suerte de castigo. Por lo general la mayoría de lo ofrecido les parece confuso, enrevesado, innecesario. Con esa manera tan urbana de decir las cosas que se oye por ahí, ninguno de ellos quiere “enrollarse”. Leer es ya como subir una cuesta, cargar un saco de piedras, respirar con dificultad. Las razones que aducen son casi siempre las mismas: “no tengo tiempo”, “me aburre”, “no entiendo”, “me obliga a buscar el diccionario”, “me fastidia”, “es muy largo”, “para qué”, “no tengo dinero para eso”, etc. No es posible una conexión distinta con los contenidos culturales que todavía mal que bien nos pertenecen. Uno quisiera decirles algo que los consolara, que les aplanara el camino de llegada hasta la hoja impresa. Pero ya lo dijimos: el fuego para propagarse necesita que primeramente alguien lo encienda.

El asunto del leer, por otra parte, no implica leer “literatura”. Ya es sabida la reticencia que se tiene a esa palabra. Mucho del rechazo reconocido a leer libros viene de lo que ella implica. Personalmente, prefiero casi todo lo que la literatura provee. La literatura es un arte en el que se pone en juego todo el lenguaje, novedoso y envejecido, social o individual, noble o bellaco, que vive extraordinariamente sano en nuestra lengua. Pero no se trata de eso. No se trata de mis preferencias o las de unos cuantos. Se trata de lo que la gente quiere leer. Se trata de cómo alimentar al rebaño, como quiere se conducido en cuestiones de goce, de saber y de espíritu.

En ese sentido, los éxitos que han obtenido fenómenos editoriales recientes, desde Coelho hasta Rowling, King, Grisham y Brown, para nombrar algunos, con títulos que rebasan las ventas en millones de ejemplares al año, son logros, en efecto, pero en todo caso, logros periféricos, que no dan en el gusto ni cohesionan un consistente cuerpo de lectores, al menos en este país. Leer no se nos da con holgura, con naturalidad. Cuando conseguimos conectar con algún autor lo hacemos por cortas temporadas, de modo intermitente. En el fondo, la motivación que mueve nuestros gustos colectivos sigue manejada por el inveterado esnobismo de nuestra raquítica modernidad. Somos porque otros son, o porque han sido. El rebaño así lo siente y por ahí se va.

En el día del idioma y del libro, quizá no sea este una forma de celebrarlo. Pero llamar la atención sobre el modo en que nos relacionamos con los libros, el “coeficiente de utilidad que obtenemos de ellos” (valga el sarcasmo), es un asunto al que debemos volver de tanto en tanto. Aunque sea en abril de cada año.

También, un día como hoy nació Cervantes. El escritor nos dejó un habla, un mundo y un sentimiento de lo vital, que hasta hoy no ha podido igualarse. Sin más remedio y con todo el gusto, vestido de Quijote como él, hoy podríamos decir que a lo único que quizá podamos aspirar es a la pretensión, a la fantasía, de alguna vez encontrarnos unificados en una comunidad de lectores, en un paraíso para lo humano, donde los árboles y los frutos, la desnudez de los objetos y de los seres se vean hermanados definitivamente,  en el reino sin alcabalas de la imaginación.

Quijotesca pretensión.

Días crónicos: Ciudad infame

En esta ciudad, somos reos de la infamia.

Todas la mañanas voy al trabajo en taxi. La hora que escojo para salir es tumultuosa, difícil, trabada. Una exorbitante marea de automóviles cubre kilómetros de calles, avenidas.  No hay modo de posar la mirada sobre algo: todo está como opaco: demasiado sonoro o excesivamente iluminado. La piel de los objetos, la superficie de las personas, parecen chirriar en el ajetreo, en el paso veloz, en el tropiezo. Nada está quieto, y sin embargo, desde mi asiento de pasajero, estoy estancado. Hago lo que puedo por traer con la mirada algo que me conecte sensitivamente con la calle, pero me es simplemente imposible.

La opción a mi alcance es buscar el cielo, los techos altos, las ventanas que a esa hora están por abrirse. Hay, en algunos tramos del recorrido, aves que pasan en dirección contraria; hay alguna nube llena de sol; hay variaciones interesantes en el azul. Aún así no siento correspondencia, concordia. Algo falta, pero la sensación es de que todo alrededor es acumulativo, desbordante, y que se te viene encima.

Alguien me ha dicho, cuando le comento sobre estos asuntos, que el ejercicio es superponer una ciudad sobre otra. “Cuando mires por la ventana –me dice– saca de tu cabeza ese lugar donde siempre has querido vivir, y ponlo encima de eso que estás viendo. Así, como cuando estiras una sábana sobre la cama”. La recomendación no es descabellada, sobre todo en alguien tan dado a la ensoñación como yo. Pero nunca me he conformado con el fantasear inconexo. Algo del afuera debe atraerme, darme ignición. Lo demás parte de allí. Y en esta urbe en la que me ha tocado vivir, poco, para no decir nada, me ayuda en ese sentido.

En el taxi, ya cansado de ver hacia los cielos, me miro: mis piernas, mis zapatos. Miro al chofer, cómo oye su estación de radio preferida, cómo reacciona a los comentarios del locutor, a los temas musicales. En ocasiones, él me observa por el retrovisor, con una mirada rápida, desconcentrada, sin curiosidad. Ha pasado mucho tiempo desde que salí, y comienzo a acostumbrarme al mueble, a la tapicería. Me estiro, hecho la cabeza hacia atrás, cierro los ojos. Ha habido días en que casi me acuesto, los brazos hacia la nuca. En esa posición, que tiene un poco de resignación y de aburrimiento me pongo pensativo.

¿Qué ha pasado con esta ciudad?, me digo. Me siento un cuerpo encerrado, confinado entre cuerpos que van empujados en el hormiguero. La opacidad de la vida urbana, la que me ha tocado en suerte, tiene sus causas, me parece, en la vocación que para lo infame hemos venido desarrollando: esa sorna, esa desfachatez, esa chatura para todo lo que tiene otro, más delicado relieve; para todo aquello que despierta el hambre de sensación en nosotros.

Hay una cara turbia y canallesca que alimentamos día a día, que se nos devuelve, sin esperarla, en el espejo de nuestras mañanas.