Los 10 mejores consejos de Ray Bradbury para convertirse en escritor

  1. No empieces escribiendo novelas: Ocupan demasiado tiempo y, según Bradbury, es mejor lanzarse a escribir un montón de historias cortas, tantas como sea posible. «No se pueden escribir 52 malos cuentos seguidos»
  2. Los puedes amar, pero no puedes ser ellos: Los grandes maestros están allí y los vas a intentar copiar, aunque sea de manera subconsciente. Tenlo en cuenta.
  3. Analiza a los grandes maestros del relato corto: Bradbury nos habla, por ejemplo, de Dahl. Yo añadiría también sus propios cuentos.
  4. Amuebla tu cabeza: Leer, leer y leer. Todos los días, antes de dormir, un cuento, un poema o un ensayo. Eso sí, según él, nada de cosas modernas.
  5. Líbrate de los amigos que no creen en ti: No te rodees de gente que se burla de lo que escribes o de tus ambiciones literarias. Son un lastre.
  6. Vive en la biblioteca: ¡Nada de ordenadores! Bradbury era un gran defensor de las bibliotecas públicas. De los ordenadores tenía mucha peor opinión.
  7. Enamórate de las películas: Y si son clásicas, mejor.
  8. Escribe con alegría: Escribir no es un negocio serio y si empiezas a sentir la literatura como si fuera un trabajo, es que se convertirá en basura. Hay que dar envidia con lo que haces.
  9. Haz una lista con diez cosas que adoras y otras diez que odias: Entonces escribe sobre las diez primeras y luego mata las diez segundas, escribiendo también sobre ellas. Haz lo mismo con tus miedos.
  10. Recuerda, con la escritura lo que estás buscando es tan sólo a una persona que se acerque y te diga «Me encanta lo que haces»: O, como también dice Bradbury, una persona que se te acerque y diga «no estás tan chalado como dice la gente»

Publicación original en queleer.com

El padre Salvador

Hace tiempo que tenía deseos de ver a Salvador Garmendia. De verlo al leerlo, claro, que es una manera de mirar al escritor -quizá la más fiel. Aquí aparece en una imagen que duró con él mucho tiempo y que yo quiero relacionar con cierta literatura que según sus lecturas -muchas, se sabe- era de sus preferidas: la rusa.

Salvador es un viejo bonachón, reído de la vida, como esos monjes dovstoievkianos que vivían retirados del mundo pero a los que todo el mundo, de tanto en tanto, los precisaba para tomar de ellos algo de su santidad. El hálito de vida, el toque de manos, la posibilidad de ganar un espacio en la salvación. Salvador: salvación. Salvación por la ficción.

Miren su rostro: es un stárets regocijad, un buda barbado que aprendió a reírse (el Dalai Lama se ríe como él). Este padre Zosima de nuestra literatura sabía y supo mucho, tanto que reconoció no servirle demasiado todo ese “maletaje” intelectual que prefirió dejar en una de sus casas de pueblo larense de su interminable infancia. Con frecuencia y contrición nuestros escritores caminan a su encuentro, suben hasta el austerísimo claustro donde pasa los días el padre Salvador, y a veces hablando, otras en distendido silencio, permanecen con él. Se dejan estar, oyen, atienden, la quietud los va llamando…

Pero hay momentos en que el silencio también se interrumpe y se le oye decir cosas como esta: “la ficción es libertad. Es quizá el acto más libre que podamos realizar en la naturaleza. Es transformar una cosa en otra; es la auténtica creación, un hecho, una afirmación de libertad que no debe contaminarse con nada, que no debe aceptar policías, ni investigadores, ni ojos extraños que miren por las rendijitas, ni nada de eso. El autor debe estar sólo con su creación, solo consigo mismo. Solamente así puede producir algo verdaderamente creador” (El gran miedo, vida(s) y escritura(s))

Todos escuchan confiados, todos escuchamos. El padre Salvador se levanta de entre los presentes -estaban, estamos sentados en posición meditativa- y llega hasta una vela que enciende con dificultad. Cuando la llamita ha levantado bien y tiene un grato amarillo y un azul demarcado, la apaga súbitamente, sin soplarla, poniendo el dedo índice y el pulgar en tenaza y ahogando la mecha que ya no brilla. Retira los dedos, que suponemos han sentido el calor como una aguja más fría, y entonces se dispersa y sube una columna de un humo poroso, gris, que huele a incienso y que va llenando el recinto de una vaga sensación de volatilidad, como si todo comenzara a perder peso.

“Así entiendo yo la escritura”, dice. “Hay que poner atención a todo el proceso: encender, esperar la llama, que tome cuerpo, pero en el justo momento en que va a durar, a perpetuarse, hay que extinguirla, sin titubeos… Lo que queda, el resto es ese humo que lo impregna todo, y que sube para esparcirse, que sale de la habitación -siempre sale- que irá uniéndolo todo, las voces, los gestos, como un hilo común, que es la única forma en la que concibo que el arte de la literatura encuentre y tenga sentido”. Esto dice. Luego retoma su silencio previo. El silencio que es la llenura y la plenitud de lo que no se sabe, de lo que nada sabe.

Agradezcamos a Dovstoievsky la invención del padre Salvador Garmendia. Celebremos el tino de ponerlo a vivir entre nosotros, y vayamos a su encuentro como el pequeño Aliosha lo hacía: para exorcizar el mal, la terrible escritura, en larga preparación ante lo que le esperaba: el diablo mismo y su pésima retórica.