Azul noviembre

Diecinueve de noviembre de 1948. Debió de haber sido una mañana fría aunque iluminada, propia de la época del año cuando la ciudad se abrigaba más de lo corriente. El rocío de la noche seguramente permaneció sobre los techos, los árboles, los objetos, hasta bien entrada la mañana. Pero tal vez lo más resaltante de ver fue ese azul intenso, limpio, como una laja esmaltada, que en una Caracas que ahora es recuerdo, debió sobreponerse con una contundencia insoslayable. El cielo era una presencia: limpio de nubes, iluminado de un sol que se haría más frío con los días de fin de año; de un sol que menguaba sus fuegos cotidianos.

Tal vez eso fue lo que percibió desde una ventana o en salida breve a los laterales del palacio de Miraflores el único testigo que dio cuenta del golpe de Estado hecho a Rómulo Gallegos. Gonzalo Barrios, que ejercía entonces el cargo de Secretario de la Presidencia de la República, fue el encargado de coordinar y recibir a los militares que ese 19 de noviembre, hace hoy 67 años, llevaron al presidente un pliego de peticiones con la idea de no tener que llegar a los resultados que luego la historia conoció.

La cita estuvo planeada para las 11 y una vez llegados los militares Carlos Delgado Chalbaud, Marcos Pérez Jiménez y Llovera Páez,  ministro de la Defensa, Jefe del Estado Mayor y subjefe, respectivamente, pasaron al despacho de la presidencia donde un largo sofá acogió a los tres. Casi frente a ellos estaba el escritorio detrás del cual esperaba el presidente Gallegos. Este se levantó y fue a sentarse en un mueble que hacía juego con el sofá, igual que lo hizo el secretario Barrios. Allí, Presidente y secretario, escucharon de la voz del propio ministro de la defensa, Delgado Chalbaud, las peticiones que tenían elaboradas desde tiempo antes, y que según ellos, su consideración y cumplimiento por parte del presidente Gallegos impediría que los rumores que corrían durante meses en relación a una conspiración castrense finalmente se hicieran reales. Obviamente, la presencia de los militares en ese despacho y la lectura del pliego descubrían la sedición.

Las peticiones eran tajantes: exilar a Betancourt, impedir el regreso del comandante Mario Vargas, el deslinde completo del Presidente de su partido Acción Democrática, la renuncia a que eligiera los mandos militares y las promociones, entre otras demandas. El Presidente, según nos cuenta Barrios, respondió a cada una de esas peticiones sin acceder a ninguna, argumentando que considerar siquiera una sería violar lo dispuesto en la constitución que había refrendado el pueblo hacía apenas un año más o menos. La firmeza de Gallegos no se expresó exaltadamente sino que salió de una voz y de unos gestos que evidenciaban hondura y serenidad de convicción. El secretario Barrios cuenta que esa actitud emanaba una energía que mostraba su fuerza por el nerviosismo que los propios sediciosos comenzaron a manifestar. Luego, como en una escena de drama del absurdo, el Presidente deja solos a los conjurados y les dice: “los dejo aquí para que tomen un acuerdo en conformidad con mi respuesta; ya mi suerte está echada, la de la República queda en manos de ustedes”. Y quedó, cinco días más tarde, en manos de ellos.

Conocemos por algunos historiadores pero sobre todo por magníficas compilaciones de artículos de prensa y documentos, como las editadas por Editorial Centauro, creada por el gran editor Catalá, y por las Ediciones del Congreso de la República de Venezuela, dirigida por el historiador Ramón J. Velásquez, lo que aconteció entre el 15 de noviembre de ese año 48 y el 24, cuando finalmente Miraflores fue ocupado por fuerzas militares y se consumó el golpe. Según los testimonios, ese año, a partir de abril, el ambiente de la ciudad comenzó a cargarse de aires pesados. La oposición al presidente Gallegos se hizo intensa y en ocasiones implacable y despiadada. Opiniones viajaban de aquí para allá a velocidades cada vez mayores; diatribas públicas, tanto como conversaciones en los corrillos políticos, chanzas, recreaciones y caricaturas en la prensa del país, mostraban una notoria polifonía de desacuerdos y malestares de los que el gobierno comenzó a acusar recibo bastante pronto. Fue un año raro, podría decirse, entre otras cosas, porque había un presidente elegido por voto popular, directo y secreto. Quizá esa fue la mayor rareza. Teníamos un presidente democráticamente elegido y en ejercicio de sus funciones. Además, era un gran escritor, de fama internacional, y probablemente el que mejor comprendió y reflexionó en sus novelas sobre el alma venezolana. Más rarezas. Tuvimos un mandatario que quería gobernar bien, con altura, sin ideas excluyentes, con fe de acero en las instituciones apenas nacidas, con entrega ciega al poder y a la transformación que las leyes y la constitución podían lograr en los ciudadanos. Esto último, la rareza suprema, fue lo que probablemente lo llevó al fracaso: le impidió actuar de manera práctica, con mano izquierda, sabiendo adelantarse, intuyendo con antelación los posibles problemas, las amenazas latentes, y conseguirles una solución eficaz.

En ese despacho, ese 19 de noviembre de 1948, frente a hombres que él mismo había elegido para sus cargos, Gallegos ya estaba perdido. Fue un mandatario que confió demasiado. Que otorgó y que en esa altura que le daba la fe (la suya) se quedó flotando solo, como un globo al que se le ha cortado el hilo que lo sujetaba. Hacia el azul compacto, sin fisuras de ese día, se levantó el primer presidente elegido democráticamente por los venezolanos. De ese cielo no ha vuelto a bajar.

Salutación de Halloween

Más allá de las diversiones y juegos de disfraces que suelen hacerse un día como hoy, ese Halloween que ya parece ser una costumbre mundial, aparte de eso, nosotros, como ciudadanos debemos tener presente que en este país también se celebra uno de los momentos más cruciales y decisivos de nuestra historia contemporánea. En una noche de fantasmas, cuando se “juega a los muertos”, más vale tener en cuenta cuáles de esas apariciones andan todavía cerca de nosotros, pidiendo su justo reconocimiento a la puerta de nuestras conciencias, en ese umbral en el que nuestra historia nos ha dejado muchas veces asombrados, irresueltos, sin palabras, petrificados. La noche del terror parece volver siempre sobre nosotros sin que podamos conjurarla.

Hace 57 años, un día 31 de octubre, tres líderes políticos se reunieron en una casa llamada “Punto fijo” y allí pactaron lo que muy pronto, casi al salir, significó el establecimiento de las bases para lo que se entendió en lo sucesivo como “democracia”. Ese pacto entre Rómulo Betancourt, Jovito Villaba y Rafael Caldera, además de sus seguidores y hombres ligados a la transición conseguida al final de la dictadura militar perezjimenista, ese pacto comprendió la posibilidad, clara y contundente, de que en el país se lograra un consenso de fuerzas civiles políticas que impidieran para siempre la vuelta al gobierno de Venezuela de cualquier forma autoritaria de regirlo. En esa alianza, además, se estableció lo que se conoce como “alternabilidad en el ejercicio del poder”, que como se sabe, implicaba y comprometía a los actores elegidos a la primera magistratura, gobernar por el periodo de cinco años o, según las leyes que fueron establecidas, permitieran sobre todo la participación del mayor número de actores políticos de tendencias distintas. Por ejemplo (aunque no exclusivamente) quien hacía oposición hoy, mañana podía gobernar.

Pero además de esa alternabilidad y del establecimiento del juego democrático bien afincado en instituciones sólidas como los poderes públicos y los organismos que la reciente dictadura jamás permitió construir, ademas de eso, ese pacto estatuyó que las fuerzas armadas encontraran una posición no deliberante, no participativa, en las decisiones del mundo civil y los destinos de la nación, y se encargaran, fortalecidas y desarrolladas para eso, en garantizar nuestra soberanía, y de proteger nuestro territorio frente a posibles agresiones del exterior.

De ese pacto hasta hoy han transcurrido 57 años. Cuarenta de ellos pasaron en la realidad difícil, a veces imposible, de lograr que lo pactado en Puntofijo se  mantuviera en pie. Sabemos que muchas ambiciones, muchos desvaríos, mucha desidia, mucha ignorancia, hizo de las suyas para que de aquella alianza no quedaran sino cenizas. Pero tuvimos democracia, sí, la tuvimos. El país con todo lo imperfecto que fue llevar a término ese juego democrático pactado en esa fecha (que hoy deberíamos celebrar “contra toda esperanza”), creció, fue prosperó, consolidó su presencia en la región, y fue libre. Durante cuatro décadas fue libre. Y para los ciudadanos libres de esos años, las instituciones que esa democracia levantó fueron lo mejor que hoy podemos confirmar hemos tenido en toda nuestra historia republicana.

Los cuarenta años de los que hablo llegaron hasta 1998. El tiempo que ha pasado hasta hoy, 31 de octubre de 2015, cada uno en su conciencia sabrá cómo calificarlo. En todo caso, es notorio que los últimos años vividos en nuestro país aniquilaron el pacto nacido de la crisis de 1958 y le abrieron la puerta a fuerzas y a circunstancias que no construyen, no edifican, no crean nada.

Hoy celebremos, con las máscaras del terror, y de los espantos de la más oscura noche, esa que vuelve a tocarnos la puerta siempre, que alguna vez fuimos una nación plural, abierta, diversa, y deseosa de crecer y de, sobre todo, ser libre.

Feliz Halloween.

Desazón

Hay dos acepciones de la palabra que dan la idea casi justa de lo que sentimos hoy en el país: malestar, pesadumbre. La desazón es la atmósfera, el clima que se superpone a todo, como una niebla espesa y persistente. Desde distintos sectores, agrupaciones, perspectivas personales, desde ámbitos laborales grandes o pequeños, se ha intentado con denuedo no tener que admitir este clima que nos encapota los días y las noches.

Admitir la desazón puede resultar para algunos como el dar entrada cabal y plena al desplome y al colapso total. Mirar de frente y aceptar, con el resto de lucidez que nos quede, que el estado al que hemos llegado es real, concreto, es tan arduo que preferimos ignorar su presencia, su llegada a las puertas mismas de nuestras vidas. No es sólo eso que quedó asentado en una línea famosa y muy leída, según la cual el hombre no puede soportar la mínima porción de realidad, sino que ya incluso con esa incapacidad de origen, por decirlo de algún modo, no podemos soslayarlo. No podemos ignorar que ignoramos. Curiosa paradoja.

El país, los acontecimientos públicos, la vida más o menos ciudadana, se nos está viniendo encima. Mucho de lo que enfrentamos a diario en el amplio espectro de la vida política que practicamos los venezolanos, se achica o se endurece, o adquiere filo lacerante que nos hiere muy hondo. Respiramos, sí, pero no de seguridades, mucho menos de sosiego. El aire está muy enrarecido. Incorporamos más angustia de la que somos capaces de exhalar.

Con esto no se trata de aguar la fiesta o de ser pájaro de malos agüeros porque tampoco se trata de ser optimistas a ultranza, de esos que acuden a los decálogos que vendedores de recetas para la felicidad reparten por ahí. No se trata de eso. Se trata más bien de hacer un alto, una significativa reducción de la marcha para ir al encuentro de lo que nos sobrepasa, con la honesta intención de que esto pueda sernos de alguna utilidad.

Los discursos malsanos, la flagrante trata de voluntades, la esclavización de las conciencias, la apurada gana de arruinar todo estado más o menos logrado de convivencia humana, la purga y el golpe, la persecución, la ira bien administrada y bien remunerada, son algunas de las actitudes que en estos momentos levantan nubes de plomo (muchas veces literalmente) en un cielo que era regalada amplitud.

No es cierto que hay un corazón que late vivísimo en el cuerpo de la patria. No. Lo que hay es un discurso al que obligan a moverse a latigazos cada vez más sonoros; hay unas palabras-esclavo que acarrean sin cesar una vitalidad sin perfil; hay un mandato que sale por boca de parlantes atronadores y esparcidos por donde quiera que vamos, que nos ordenan ser felices, agradecidos, sumisos. Hay el grito y el dedo amenazante como único sentido de orientación civil. Todo esto no hace patria, ni vida comunitaria ni personal.

Tiempos confusos ha habido siempre. Tiempos de horror también. Pero no por ello podemos perder la cabeza hasta el punto en que nada racional, al menos una pequeña porción de lo que nos hace seres habitantes de una nación, se convierta en simple hojarasca barrida por el mal tiempo. Este mal tiempo.

Con todo, aprender a llevar la desazón como una pieza más del equipaje, y aunque pesada, al menos nuestra. Aceptarla compañera a ver si ella, de algún modo que por ahora desconocemos, pueda volverse empuje para lo que está por venir.