Claudio Magris: Sobre el coraje

Claudio Magris. Fuente de la imagen: micheleana.wordpress.com 

Claudio Magris es uno de los más importantes y hondos ensayistas de nuestra época, a la altura de un Steiner, Bloom o Savater. Nacido en Trieste, Italia, que según muchos conocidos es ciudad de marcada hermosura en Europa, tanto por su situación geográfica como por su arquitectura, su civilidad y por el legado de cultura que se puede sentir al pasearla, Magris ha sido a lo largo de buena parte del siglo pasado y lo que va de este un estudioso lector de la herencia artística occidental (ejerce la cátedra de Literaturas Germánicas en la universidad triestina), de los puentes que ella tiende hacia la realidad de nuestros días, de sus conexiones -las de la literatura- con la vida rampante de la cotidianidad, queriéndonos hacer ver que nada o casi nada de lo trabajado o sufrido y expuesto en los contenidos del arte escapa de nuestra existencia inmediata, de la externa (política en su más amplio sentido), como de la íntima o doméstica, con lo cual nos permite mirar ese continuum muchas veces olvidado entre representación y realidad, que tantas veces nos ha extraviado el vivir. Habría mucho que decir de este entrañable escritor, pero por los momentos, dejo al lector estos fragmentos que siento dan hoy en el punto central de las discusiones y problemas por los que estamos atravesando; problemas en la definición de posiciones sociales, históricas en nuestra relaciones con el Estado y los gobiernos, por una parte, y como “desajustes”  con el entorno, por otro lado, que son causados, en buena medida, por el extravío en nosotros de la sensibilidad que afina y de la intuición que orienta. Sin estas, espero no exagerar al decirlo, no podemos avanzar -y, creo, tampoco amar-, en el mundo que nos ha tocado ocupar momentáneamente. 

Lo que sigue, son extractos del ensayo contenido en el libro Alfabetos, que en el 2010 fue publicado en España por la editorial Anagrama, en la colección Argumentos y con Traducción de Pilar González Rodríguez. El ensayo completo del que tomo estos pasajes, fue publicado originalmente en Corriere della sera, el 11 de noviembre de 2001.   

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Cada uno -cada individuo, sociedad y cultura- tiene sus temores y es difícil decir cuáles son los peores, porque a veces las patadas, las humillaciones, hacen más daño que la muerte. El miedo es una dura cárcel que sofoca cualquier libertad. Aparece y se extiende por toda la persona como un cáncer, se convierte en una parte de la propia persona, y envenena pensamientos, sentimientos, pulsiones, percepciones, hace que se pierda el sentido de la realidad y proporciona carne y sangre a fantasmas que están dispuestos a chupar la vida de su presa como vampiros. El miedo es un aspecto de la debilidad de los hombres y de la vida y por eso despierta compasión y ternura… Despierta también -sobre todo cuando lo sentimos nosotros mismos y nos damos cuenta de que somos esclavos- avergonzada repugnancia por la indignidad de no ser libres. Como en un cadáver, en el miedo hay algo de indefensión, que exige pietas fraterna, y algo de obsceno, una baba que envuelve; su sudor acre es la corruptibilidad de nuestra carne, tan frágil y quebrantable que es digna de protección solidaria y amor.

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Una saludable reacción a una necia retórica del heroísmo y al cartón piedra fascista ha llevado en ocasiones a nuestra cultura a desvalorizar con petulancia el coraje, la clásica fuerza de espíritu, la virtud cristiana de la fortaleza, sin las que en cambio, no hay libertad en la vida pública ni en la privada, bloqueadas y atrapadas por la ansiedad, el malestar, la prepotencia ajena y las propias fobias, la tiranía, descarada o camuflada, el poder político y social y por la angustia escondida en el corazón, que inhibe a la persona. Han sido los maestros de la literatura moderna, como por ejemplo Conrad y Faulkner…, los que han mostrado la necesidad del coraje para moverse entre esos meandros en los que aguarda siempre el Minotauro.

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No se trata obviamente de celebrar un estentóreo heroísmo que no sepa de temores. Los miedos forman parte de nosotros, viven y crecen con nosotros junto con las debilidades, las esperanzas, los afectos, las costumbres y las manías de que estamos hechos. El coraje no es más que la capacidad de saber convivir con los temores, de aceptarlos sin avergonzarse por ello, y de recuperarse cada vez que, sin poderla evitar y sin gloria, se produce la derrota, porque también Héctor, el más grande de los héroes, huye y da tres vueltas alrededor de la muralla de Troya, antes de enfrentarse valerosamente a Aquiles. Para el coraje vale lo que dijo de los héroes Brecht … triste el tiempo que necesita héroes.

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… Toda persona de sentido común querría vivir en paz, cuando no sucede nada excepcional y nada perturba la partida de cartas en el bar, pero cuando la amenaza llama a la puerta (y antes o después llama siempre) hace falta presencia de ánimo. Al nazismo se responde con la firmeza de quien ha sabido morir, y también matar, para combatirlo. El temor no solo fomenta la vileza sino también la violencia … La virtud de la fortaleza, sobre todo en estos casos, consiste antes de nada en la difícil capacidad de no dejarse abatir por la inmediatez de la propia situación dolorosa o del propio delirio, de no ver solo la propia oscuridad, de no convertirlo en algo absoluto y de no permitir que esto oscurezca el mundo entero y que el temor se instale en la mente y en el corazón ocupándolos por completo como un minúsculo dios celoso y tirano.

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El coraje desenmascara a este dios totalitario cual falso ídolo y permite, incluso con la presión del miedo, ver y sentir que en el mundo no existe solo ese miedo y lo que lo causa, como creemos a menudo cuando somos sus esclavos, sino que también, y todavía, existen otras cosas dignas de ser amadas, deseadas y gozadas, cosas que ni siquiera el hedor de nuestras llagas físicas o morales, y de nuestra muerte, borran del mundo. Este coraje y esta libertad -esta fuerza de vivir aun cuando amenaza la oscuridad, de dormir tranquilo la víspera de batallas desesperadas, de reir y de jugar incluso cuando se desploman creencias y banderas, de divertirse en la mesa de juego de la vida cuando solo se tiene el dos de picas- los he encontrado, empezando por mi círculo familiar, mis afectos y mis amistades, sobre todo, en algunas mujeres.

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Hoy en día, Occidente teme más que nunca a sus enemigos. No se trata sólo del fanatismo, que otorga al terrorista una anómala carga psiquíca y hace subjetivamente más fácil aceptar el riesgo o la certeza de muerte. Hay, además, otras razones: la atónita sorpresa de descubrirse tan vulnerables, después de haber alimentado una ciega, y hasta soberbia, confianza en la propia potencia y seguridad; la sensación de no estar preparados para un radical pero indefinible giro de la historia; las condiciones de desarrollo y de vida que tienden a dejar en el desván las virtudes de los tiempos duros, entre ellas, el coraje; sobre todo la invisibilidad e inasibilidad del enemigo, que, en el caso del terrorismo no se identifica de manera precisa con un Estado y parece difícil de combatir e imprevisible en sus ataques: la amenaza puede llegar de cualquier parte, en cualquier momento, y ninguna medida o reacción tranquiliza lo suficiente.

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La palabra Revolución

Mariano Picón-Salas/Foto: Archivo Biblioteca Nacional

Acaso por los tiempos convulsos en que vivimos hoy los venezolanos, tiempos en los que se ha enseñoreado el resentimiento, la venganza, la persecución, la barbarie de los que parecen haber llegado tardísimo a la realización del sueño utópico revolucionario, estas reflexiones de nuestro Mariano Picón-Salas son hoy otra vez, y más que nunca, de una necesidad fundamental para tratar de entender lo que histórica y socialmente nos toca.

Estos fragmentos pertenecen a uno de los libros tal vez más hermosos de nuestra literatura: Regreso de tres mundos, publicado a finales de los años cincuenta del siglo XX, por el Fondo de Cultura económica de México. En ese entonces, el país se lavaba del rostro la pesadilla antidemocrática, y en coincidencia afortunada con el desentumecimiento de un país,  un hombre hace el recuento de su formación, de su sensibilidad y de los años transcurridos -que van con los acontecimientos del siglo. Fue escrito, como el mismo Picón-Salas dice, “con implacable crudeza”, con la ilusión de presentar “testimonio desnudamente sincero”.

Resulta por lo menos curioso que a cincuenta y tantos años de haberse publicado este libro, su contenido tenga la actualidad que muestra. Escrito en plena Guerra Fría, con los restos aún frescos del desmán totalitario que apenas 15 años antes produjo el desastre de la Segunda Guerra mundial, esta revisión y diagnóstico parece que nos salta y nos increpa. ¿Sabremos, más que entender, comprender?

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 La palabra Revolución tuvo vibrante vigencia explosiva en los años que precedieron a la Segunda Guerra Mundial. Y tanto las gentes de izquierda como las de derecha invocaron míticamente ese vocablo que les permitiría forjar de nuevo el mundo a su imagen y semejanza. Muchos retardaron para la llegada de la Revolución todo proyecto vital y aún interpretaban las cosas más comunes y cotidianas: unos días de zozobra económica, cualquiera incidencia política, a la luz de una dialéctica demasiado abstracta que concatenaba los sucesos para desembocar en el estallido revolucionario con la previsión y determinismo de un fenómeno físico. ¿A qué darle tanta importancia a la cultura burguesa –decían muchos–, al Código Civil, a las instituciones políticas conocidas, a las normas morales, si todo eso cambiará torrencialmente cuando inicie la Revolución? Hasta el amor que tenemos por una muchacha y nos produce tan dulce congoja será acaso distinto cuando la estructura de la sociedad haya cambiado.

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… El ideal revolucionario debería formar gentes tan secas y austeras como los monjes de la “Trapa”. El “de morir tenemos” de los cartujos, se remplazaba por un “AMRG”, “ad majorem revolutionis gloria” que nos obligaba a deponer todo impulso individual en nombre de las masas.

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… El mayor mito que se denomina “Revolución” obligaría a las gentes a todos los sacrificios: aun el de su libertad para que en dos, tres, cuatro siglos, se impusiera la sociedad sin clases … Casi –según algunos– era conveniente despojarse de un excesivo caudal de cultura burguesa; del gusto por la música y la poesía cuando no estaban impregnadas de clara intención social; de todas las bellas fábulas que nutrieron la literatura de Occidente para que naciese otra edad de la Historia.

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… Porque la visión de la Historia para los marxistas más rudimentarios, que ni siquiera leyeron a Marx … se trocaba en rígido esquema determinista, en estrecha Teología de predestinación que dividía a los grupos humanos entre réprobos y elegidos. Mi choque con esa elemental literatura revolucionaria no procedía de que yo rebajara el sentido de la palabra Revolución … o de que creyese que el mundo estaba perfectamente bien hecho y los cánones y formas de vida de la burguesía eran insuperables. Reaccionaba tan sólo contra la tosca simplificación de la varia y maravillosa diversidad humana.

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… Ni los conceptos de “burguesía” o “proletariado” eran en nuestro siglo absolutamente equivalentes a como Marx los definió en el siglo XIX. Y las bestia negra del “capitalismo”, contra la que se dirigían todos los impulsos de la Revolución, no parecía ya de estructura tan simple como en la época del Manifiesto comunista. Entre el patrono explotador, ahíto de la plusvalía que añade a las cosas el trabajo, y la fatiga de los obreros explotados, actúan en la sociedad presente otras fuerzas más complejas embozadas en la Compañía Anónima o en las funciones de los técnicos. No se trataba de defender el capitalismo, sino de buscar para el hombre una liberación más radical que la de la Ley de bronce del salario. Y ninguna dictadura, aunque se llame la bendita y transitoria de los proletarios, puede establecer la libertad por la contradicción intrínseca de los términos.

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… ¿Y cuándo reinará la libertad; cuándo las gentes podrán estudiar por igual a Marx y a Santo Tomás de Aquino; cuándo escucharemos una hermosa música o disfrutaremos de un perfecto poema, sin necesidad de ponerles la etiqueta de “burgés” o “proletario”? Cuando la situación histórica así lo permita y se haya realizado la “sociedad sin clases”. ¿Pero es que la libertad es sólo dádiva lejana que nos ofrezca un régimen o un momento de la Historia, o más bien terrible aventura afanosa, tan frágil como la vida, que es necesario salir a ganarse cada día? ¡Qué grave y espuria una libertad que se nos diera o limitara por decreto del Estado!

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 … Dialécticamente, dentro de la libertad “burguesa” se engendró el marxismo, como será de esperar que éste, dentro de doscientos o trescientos años, genere otra teoría diferente. De otro modo negaríamos la dialéctica. Porque la idea de Revolución era para mí llegar mucho más lejos que aquel hermético paraíso de bronce en que trocó la llamada dictadura del proletariado. Negando la dialéctica, los intelectuales comunistas durante treinta años no quisieron perturbar los sueños y los planes del camarada Stalin.

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Traduciendo mi sentimiento juvenil de aquellos días, “Revolución” se llamaba lo que transformaría progresivamente los males de la sociedad. Que hubiera menos miseria; que la máquina –ya no monopolizada por el capitalismo– aliviara la pesada carga de agobiante trabajo manual que aún pesa sobre las masas proletarias; que no hubiera gentes sin nutrición, vivienda y vestido, y no sólo las minorías adineradas o subvencionadas tuvieran derecho a la educación y la cultura.

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… Preguntábamos si las fuerzas progresivas que aspiran a mejorar el mundo no reanudan su cotidiano combate contra las fuerzas del mal y la historia humana. No hemos cambiado mucho desde que se escribió la Biblia y toda promesa de redención se rompe por innumerables caídas. Toda teología, con su noción del mal y sus símbolos contrapuestos de la luz y de las tinieblas, parece explicarnos una constante de la Historia que no logran siempre esclarecer los avisados sociólogos. Contra el optimismo de nuestra ilusión revolucionaria, ¡cuánta sangre y oprobio , diáspora cruel y retorno a estadios más bárbaros, en el civilizadísimo siglo XX!

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… ¿No se corre el peligro de que la Revolución que triunfe caiga en el mismo optimismo, en ese “mejor de los mundos posibles” que se atribuye a la burguesía?

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Inquirir, después, si en la pasión revolucionaria de muchos no se escondía algo ajena la idea misma de Revolución, como el muy terrestre apetito y estrategia de poder.

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… La libido dominandi se hace presente como nunca en el hombre actual por lo mismo que todo los poderes se secularizaron; no fueron ya, teóricamente, el privilegio de una clase, de un rey, de un heredero o un ungido divino, y cada persona pudo aspirar a un puesto representativo en la sociedad que antaño se reservaba a príncipes y aristócratas…

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… El mito de la “Revolución” ya no sólo encarnaba la idea de una nueva justicia distributiva y de ascenso de los explotados, sino más bien de descrédito de las leyes y mesianismo histórico que ejecutarían los furiosos profetas. Había que destruir toda situación anterior, trastornar el sistema tradicional de valores, delegar la soberanía ya no en un gobierno parlamentario sino en el “duce” o en el “führer”, que prometían crearlo todo de nuevo…

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… La palabra “Revolución” legitimaba con vaga promesa de futuro, con el natural descontento por la situación presente, toda medida que parecía arbitraria o imprevista. Los “revolucionarios” fascistas y nazis ya ni siquiera necesitaban estudiar el materialismo histórico –como los jerarcas rusos–, si no creer en el duce o en el führer…

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Si el Estado democrático presupone la discusión y el sereno sistema legal –que nunca puede ir tan rápido como las solicitaciones de la multitud–, ahora era más fácil y espectacular entregarse al improvisado taumaturgo que en nombre de una Utopía revolucionaria promete el próximo paraíso…

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… Al hábil actor político, al duce o al führer, ya no sólo se le entrega la representación de la soberanía, sino se le hipoteca la libertad. Se impregna el mito de la Revolución ya menos del deseo de justicia de los expoliados, como del afán demoníaco de agitadores y caudillos que intentan rehacer el mundo a su guisa. La idea de justicia se metamorfoseaba en venganza, y cada una de las sedicentes “revoluciones” buscaba su “chivo expiatorio” al cual transferir los oscuros sentimientos de odio y de frustración… Cada dictador quería cumplir en sí el primer capítulo del Génesis y anunciaba el advenimiento profético de su propio milenio…

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La idea de “poder político” perdía todo fundamento moral y se trocaba en estrategia para adquirirlo y conservarlo. ¿Hay una técnica para mantenerse en el poder, análoga en su determinismo materialista a la que hace funcionar una máquina y expande la energía de un motor de combustión interna?

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… He conocido muchas gentes, verdaderos endemoniados –como los personajes de las novelas de Dostoievsky– que nos daban lecciones sobre cómo asaltar el gobierno, pero no hubieran podido responder claramente para qué lo querían.

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La característica del “endemoniado” … es su sequedad de corazón, su nomadismo o destierro afectivo que petrifica en una sola idea o pasión simplificada, lo que en el hombre normal y ecuánime se reparte en afectos o solicitaciones vitales. Siente que el mundo le castigó o no supo adaptarse a él, y verterá su insatisfacción en la venganza. La “tipología” del “endemoniado” va desde la austera misantropía y fanática predestinación a lo Calvino, hasta el charlatanismo histérico de Hitler.

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Acaso no hay mito de la época que convenga someter a más escueto y esclarecedor balance. Porque si en esa idea se cifraba el anhelo de redención del proletariado, también sirvió para que los nazis llamando revolucionario a su terror, poblaran de cautivos las cámaras de gas. En todas partes parecía más fácil prometer al pueblo su ración de pan negro e imponerles la propaganda: la “filosofía del partido”, la “disciplina del partido”, que ofrecerles un adarme de misericordiosa libertad.

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Capítulo VIII de Regreso de tres mundos, contenido en Mariano Picón-Salas. Viejos y nuevos mundos. Prologo, selección y notas de Guillermo Sucre, t. 101, Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1983,  685 p.

Aves de la memoria

(Foto: terraqueoscopio.blogspot.com)

En el centro mismo de la ciudad, en su corazón celeste, todavía viven las aves del origen, las aves anteriores a la fundación y levantamiento de la remota tenducha dispuesta por el conquistador. La ciudad es un corazón de dos mitades: una terrestre, cruda, que va hacia abajo, subterránea; y otra mitad que es de aire, azul, ligera, de viento, extendida sobre la otra como un vidrio sin marcas. En el líquido de esta mitad navegan, cruzando la luz, estas aves de la intensidad y de la memoria perdida.

Nuestra ciudad principia dedicada al poder de una imagen de poder: el guerrero y religioso Santiago, el apóstol de armadura y espada, el mártir del cristianismo hispánico, el peregrino de las antípodas imperiales, que perdió su cabeza en la tarea de llevar la palabra del Señor a los confines. España sube a Santiago a las banderas de la reconquista, le forja espada a la medida, y se la hace blandir en su guerra contra el moro. La victoria sobre el infiel, bajo la fuerza del santo, la renueva y la vivifica. De allí en adelante, toda empresa, toda ambición de la corona ahora invencible, tendrá como centro la imagen del apóstol-caballero-santo. Todo esto viene con los estandartes, en el pensamiento, y en las oraciones de los conquistadores de América. Insufla las botas sedientas de Francisco Fajardo, y lustra el blasón señorial de Diego de Losada. Y más tarde aparece el león: imagen medioeval de lo noble, de la fuerza, la fiereza, y, lo más importante, de la luz inextinguible de Dios. Atributos que un Felipe II, heredero y rey de el país más poderoso del orbe, nos concede en Cédula Real.

El león, el santo, la espada, Dios: nuestro bautizo se hizo con el sello del poder. Poder, poder y más poder. Sobre un valle surcado por cuatro ríos, encajonado en los contrafuertes del cerro Guaraira Repano, tuvimos poder antes de tener otra cosa. La ranchería de Fajardo apenas, y el descampado. Nada más. Comenzamos a ser ciudad en la voluntad, el deseo y la ambición. Sólo un emblema real sobre el valle. Santiago que abre caminos. ¿Qué puede decirnos una imagen hecha de contrastes tan peculiares como las de nuestra fundación?

Hoy, casi cuatrocientos cincuenta años después, de esa nobleza inicial queda poca cosa. El señorío de la fundación nos ha abandonado o se ha perdido. El león envejecido se ha retirado a morir. El santo patrón ha sido otra vez decapitado.

Pero, aún a tantos años de distancia, y por sobre ese destino y ese comienzo, pasan en sobrevuelo las guacamayas. Las aves sin historia, debajo de las cuales la urbe vive su latido, su arritmia, su tambor demencial. Pasan en bandadas o en parejas. Pasan y su plumaje espejea un amarillo intenso y un azul de reyes. Se las ve custodiando el río –nuestro río de lo muerto–, hacia los árboles hospitalarios. Dibujan otra ciudad. Vuelan en un mapa intocado, hasta donde la ambición no ha podido llegar, ni tampoco el dolor. Pasan sin cantar, son aves que no pueden cantar. Su graznido, su chirrido, atruena en el aire como una tela que se rompe de demasiado tensa. Como una concha triturada. Como madera seca.

Estas aves nos salvan, nos recuerdan que la realidad tiene otras dimensiones, que puede mirarse hacia lo alto tanto como hacia lo hondo; que en el color de su plumaje queda o puede aguardar aún la nobleza perdida, o la conjura de lo terrible –plumaje tocado apenas por la lluvia. Aves también de la memoria, porque llaman con su chirrido como lo hace un toque de la mano sobre el hombro. Con esa llamada, no volteamos para encontrarnos con otro en el espacio de unas calles o de unas avenidas, volteamos la mirada para recuperarnos en el tiempo, para reconocernos quizá, para saber que hubo un comienzo, un origen distinto, cuando el valle hablaba y los cuatro ríos del inicio elevaban sus aguas, ¿por qué no?, hasta su otra mitad celeste.