Cabeza de tirano

 

Urbano no pudo resistirse y me envió este papel que es como un aullido. “Estoy cansado de todo esto. Esta miseria ciudadana es insoportable”, me dice al teléfono sin siquiera saludar. Yo recibo, qué más podría hacer. Él suelta cosas que serían para muchos un atrevimiento pero, al menos yo, en el fondo, le agradezco porque me da voz ahí donde me falta, por indignación, por atolondramiento, por quién sabe cuántas cosas más. “Luego hablamos”, me dijo al final, y trancó. 

 

El tirano tiene o lleva a pesar de sí

una cabeza de avestruz

que parece muchas veces de perro.

Se muestra en todos los televisores

como quien saca la testa por un agujero diminuto

por el cual, si quisiese, no podría regresarse.

Se asoma a las audiencias como lo haría un animal de zoológico.

Cuenta chistes o improvisa carcajadas,

tiene un cloc cloc de boca pronunciado,

quiere sonreír y escupe, mienta madres y escupe.

Juega a ser cariñoso en medio de una cascada de detritos

que le empapan la ropa y el bigote.

Ha intentado dar besos, pero escupe.

Ha obligado los aplausos, ha azuzado gritos

mientras mueve de lado a lado su morrión de pajarote,

sudoroso, humedecido por la baba de las repeticiones.

 

El odio

Wislawa Szymborska

A continuación, un poema de Wislawa Szymborska, la poeta polaca, premio Nobel 1996. Este texto pertenece al libro Fin y principio, de 1993. Aparece incluido en la antología de su obra, publicada por Ediciones Hiperión, España, en 1998.

*****

Contemplad qué activo sigue siendo,
qué bien se conserva
en nuestro siglo el odio.
Con qué ligereza afronta grandes obstáculos.
Qué fácil para él saltar, atrapar.
No es como otros sentimientos.
Es más viejo y más joven que ellos al mismo tiempo.
Él mismo crea razones,
que lo despiertan a la vida.
Si se queda dormido, no es nunca el suyo un sueño eterno.
El insomnio no le quita fuerza, antes se la da.
Con religión o sin ella,
lo importante es arrodillarse en la salida.
Con patria o sin ella,
lo importante es lanzarse a correr.
Para empezar no está mal eso de la justicia.
Después ya corre solo.
¡Odio! ¡Odio!
Su rostro lo desfigura una mueca
de éxtasis amoroso.
¡Ay estos otros sentimientos,
enclenques e indolentes!
¿Desde cuándo la fraternidad
puede contar con la multitudes?
¿Alguna vez la compasión
ha llegado primera a la meta?
¿Cuántos admiradores arrastra tras de sí la incertidumbre?
Arrastra sólo el odio, que sabe lo suyo.
Lúcido, inteligente, muy trabajador.
¿Hace falta decir cuántas canciones ha compuesto?
Cuántas páginas de la historia ha numerado.
Cuántas alfombras de gente ha extendido
en cuántas plazas, en cuántos estadios.
No nos engañemos:
sabe crear belleza.
Son espléndidos sus resplandores en la oscuridad de la noche.
Estupendas las humaredas de sus explosiones de destellos
rosados.
Difícil negar a unas ruinas su pathos
y el vulgar humor
de unas columnas vigorosamente erectas entre ellas.
Es maestro del contraste
entre el estrépito y el silencio,
entre la roja sangre y la blanca nieve.
Y ante todo, jamás le aburre
el tema de un torturador impecable
sobre su víctima mancillada.
Listo en todo momento para nuevos quehaceres.
Si tiene que esperar, espera.
Dicen que es ciego. ¿Ciego?
Tiene el ojo certero del francotirador
y él, sólo él, mira al futuro
confiado.

(Traducción de David Carrión Sánchez)