Caminamos

 

Caminamos en este tiempo
por los confines del jardín.
Lejos de su centro, aquel
no puede intervenir aun cuando
todo alrededor le pertenezca.
Venimos a una tierra sin adjudicar
cedida apenas para un breve estar y seguir.
Y aquí vamos. Pugnamos
por encontar en lo conocido
un rincón más privado,
algo que sin nombre podamos
llamar nuestro.
Preparamos un lecho de hojarasca,
reunimos guijarros, encedemos
yesca para luego levantar calor.
Nos damos a la noche como fragmentos
libres del peso de un destino
impuesto, de una vigilia y una orden.
Esto nos corresponde:
andar el borde lejano del Edén
donde los animales
pueden amarse, y repetir y volver
a decirse la palabras
que dan comienzo a todo.
En las fronteras de la creación:
vivos para rememorar.
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La señora Arendt se equivoca

 

Estoy en desacuerdo con la señora Arendt

y sus interminables cigarrillos Kantianos:

el mal, muy al contrario a lo que nos dijo,

es para nada banal.

No solo es grave a niveles indecibles

sino en extremo eficiente, matemático,

dentado como una rueda de reloj,

un mecanismo sincronizado que no falla.

 

El mal encuentra, además, todas las maneras

de entrar a saco en la ciudad

descabezando campanarios o arruinando capitolios

imponiendo al paso de los días

otro distinto, terrible calendario

en el que las fechas caen como moscas

y las horas duran mucho más que una estación.

 

Se equivoca la señora Arendt de cabo a rabo:

hemos inventado la política para meter en ella

todo nuestro hatajo de diablos

los dolores así como las vergüenzas

las frutas ya pasadas del odio

la ira de la infancia inacabada o desecha

o la pobreza que sin quererlo nos escogió.

 

Vamos, querida señora, eche de una vez

ese cabo que le queda encendido en los labios.

Pase por aquí, vea cómo la ceniza ciudadana

está desbordando los ceniceros.

 

 

 

 

 

El beso y la salvación

En la cena última te besó en la mejilla.
De este modo sucedieron las cosas:
a esa hora estabas ebrio de furor
y tu cabeza era un avispero
de afirmaciones y de negaciones.
Ya casi no podías oír, no podías ver.
Te sentaste junto al grupo, un discípulo más
entre otros, invocando la paciencia del que escucha
y ensaya la puesta en escena que está por ocurrir.

En medio del silencio previo
a la revelación, en el suspenso compartido
hombro a hombro, en el preámbulo,
en el pean de una voz que escucharías
por última vez; en la camaradería a la que invitaban
los alimentos y la mesa para todos servida
(el placer del agua con sabor a cántaro, el trigo cocido),
en el brindis que hacía el maestro para despedirse
fuiste tú el señalado para la salvación,
fuiste tú el destinado a unir las puntas del lazo.
Pero fuiste tú el último en saberlo.

Entraste a la cena sintiendo el aceite
del error en las manos.
Y fue entonces cuando te besó.
(Realmente así ocurrieron las cosas).
Si al menos hubieses podido advertirlo,
acaso hubieses creído que ese beso
era el perdón concedido por adelantado.
Hubieses creído que de ese modo el Maestro
era conocedor de tu secreto, de tu traición.

Pobre de ti, animal de sacrificio, reo de inocencia.
Recibiste unas monedas por el enviado
y el enviado a culminar la tarea eras tú.
Por eso el señor te besó en la mejilla:
no para perdonarte, no para condenarte
sino para que lo salvaras a él
al otorgarle una razón humana de entrar
en la Gloria.

No hubo crucifixión sobre aquella colina
sino en tus hombros frágiles, en el humano error.
Fuiste la cuerda más delgada, la hoja, la hebra;
fuiste la brizna, el sudor, fuiste la piel y el latido.
Todo eso tuviste que ser para llevarlo hasta el Padre.

Desde esta hora y este día te saludamos, año a año.
Por ti, Judas, sabemos realmente lo que somos:
la ignorancia, la incredulidad, el nervio no saciado,
la duda. Por eso, en cuaresma encendemos
un fuego para ti, llamarada de nuestra condición.
Por ti se ha hecho carne el mensaje,
por ti nos es dado elevarnos hacia Él.
Nos abriste las puertas con el humo y la ceniza
que dejan tu cuerpo de trapo.
Todos te celebramos, Judas,
mientras las calles se quedas íngrimas
y en los templos no cabe un alma
de aquellos que aguardan la Segunda Venida