Los días blancos / Diario de reversos

11 de julio, viernes.

No, no siempre tenemos una buena noche
una de esas en la que dormimos como anestesiados,
en paz con nosotros mismos, con la calle,
la oficina y la mujer que respira justo a nuestro lado.
Anoche volvieron a visitarme mis daimones:
un varón y una hembra. Uno apareció arriba,
cerca de mis hombros, otro abajo, sobre mis caderas.
El de arriba ladraba y se agitaba y me sacudía
no para que despertase sino como riéndose de mí
y diciéndome con alaraca de hiena “déjame entrar, déjame entrar”.
La de abajo abrió una boca huesuda hasta un punto
en que nadie sino un animal puede hacerlo,
con intención de morderme la nalga derecha.
Yo vi su mandíbula y sus muelas blanquísimas.
Entonces, como suelo hacer cuando sé que estoy
de lleno en un sueño, quise conjurar aquella grotesca jauría
que me halaba más adentro y comencé a contar, 1, 2, 3,
repetidas veces, como para invocar
un recurso de la razón en aquella invisible marea de la noche.
Nunca quiero seguirlos, nunca quiero darles entrada.
No sé qué quieren, qué traen para mí. Muchas veces he sentido
cómo sin motivos me ahogan, me persiguen, me acosan.
Tengo la certeza de que no vienen con regalos.
Sólo puedo afirmar que si son la llave, la clave, la cifra
de entrada a otro reino hacen muy mal su papel.
No estaría demás un poco de cortesía, un amable gesto,
una voz cordial que no arrase sino invite o seduzca.
¿Es mucho pedir? Por favor señor del sueño
recoge tus perros y no envíes a nadie a buscarme
al menos por una buena cantidad de años.
Y déjame dormir y descansar que al final de la semana
se hace muy pesado levantarse repetidamente tan temprano.

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Sueño de vidrio

La primera imagen –la única­­– es esposa levantándome del suelo, con gesto de Mater Dolorosa, doblada por el peso, los brazos estirados al extremo como ganchos o cintas debajo de mi cuerpo, alzándome hasta la altura de su vientre, lugar y límite de sus fuerzas, de su angustia. Puedo verme en esa posición, suspendido, relajado, suelto, sin fuerza. Abandonado. En el instante en que me miro ser cargado, recogido, estallo súbitamente en pedazos, en fragmentos desiguales, la mayoría punzantes, como los que dejan los altos espejos que se rompen en el silencio de una sala sin gente, amplia, quizá de prolijas lámparas; vidrio estallado en colores, como piezas de rompecabezas que conservan la imagen del todo al que pertenecen, pero que ahora se desplazan de su centro cohesivo, se pierden del cuerpo formado, y brincan, se sueltan de aquellos brazos que querían al menos intentar salvarlo, y regresan de nuevo, en definitivo desorden al suelo inicial.

Doy un salto en la cama, y despierto.