La cola del pan

Mientras saboreaba mi café

Mientras le daba vueltas a la espuma parda aglomerada en los bordes del vaso

Mientras alguien igual de soñoliento que yo pedía un segundo servicio

Pensaba que nada es tan vigoroso como olvidarse del mundo

Aunque sea por unos instantes

 

Ese placer cortísimo de llenarse la boca y dejar luego pasar

El máximo sabor de lo amargo y lo dulce

Y creerse salvado para la eternidad por esa gracia espesa del sabor

Qué regalos, piensa uno, qué delicias, no importa si tan breves

Para un día que comienza a orillas del desastre

Igual a todos los anteriores

 

Perdón, ya he roto la poca magia que había evocado

Pero dije que la gracia aletea a velocidades enormes sobre uno y se aleja

He tenido irremediables pretensiones de sostenerlo todo

Incluso lo más recio: el tiempo del placer que se nos licúa o evapora

 

En eso estaba cuando en el mismo lugar en el que degustaba mi porción

Se formaba una  larga cola de personas pugnando por entrar

Una línea que iba ordenándose según el dictamen de un hombre alto y corpulento

De voz imperiosa y movimientos totales

Ante el cual el aire mismo parecía replegarse para darle paso

 

Dejeme. Muy rápido estuve fuera de mí

Quise entender lo que ocurría y por desgracia no tuve que preguntar

La fila de gente se había instalado para esperar el pan

La salida del alimento de los hornos del modesto establecimiento

 

Qué hacen aquí a esta hora, me dije, si apenas han abierto

Y una voz sonó tonante y poderosa, como si me hubiese escuchado

“Esta gente pasa la mañana anclada a esta puerta

Incluso a sabiendas de que el pan no estará listo sino en cuatro horas”

 

Mi cejas crecieron, arco por sobre las nubes

Y pensé cómo poder darle crédito a aquello

Y aquello eran caras y cuerpos quizá todavía con la noche a cuestas

Desgajados miembros, colgaduras de tela y pelambres

De ojos excesivamente abiertos, como el que mira un fantasma

 

Cuatro horas de espera desde estas ocho a las que llego

Por una compra exigua, que apenas alcanzará para un día o menos

Al precio de quemarse la cabeza bajo el sol que irá creciendo

Parados allí sin más remedio, tal vez hasta sin ganas

Atrevidos por el recuerdo de un sabor, no por el hambre

 

Porque supongo que el pan no ha de saber igual cuando lo comemos dormidos

Anestesiados o enfermos

No ha de saber igual al albedrío de comprarlo por pura gana ciega

Por ese regocijo sin objeto de querer incorporarlo

De hacerlo verdaderamente nuestro, como este café

Que lamentablemente a estas alturas de la charla se ha terminado