Diario/20 de noviembre

Ayer, durante toda la tarde y parte de la noche
metido en la redacción, trabajando de guardia.
       Nada especial durante las horas. Lento, eso sí,
más de lo acostumbrado, por la espera de noticias
que no terminaban de llegar.
       Un trabajo este de meteorólogo o atisbador de nubes,
controlador del clima, mayordomo de caprichosos vientos
que lo mueven todo por la ciudad.
       Esperamos grandes cosas: la liberación de un alcalde preso,
declaraciones de rigor, comentarios y reacciones.
       A las diez y media la lluvia cantaba sobre el asfalto.
       El aire del recinto soplaba su aliento ártico
sobre monitores y sillas.
       Nadie fue finalmente puesto en libertad.
       La página deportiva cambió para actualizar los números
de la jornada (aquel equipo del litoral destrozó a su adversario).
       Cuando no ocurren los eventos esperados
el momento se desagua y perdemos con él la gana de una expectativa
que alimentó la espera
       y su cesación nos frustra aunque no lo verbalicemos
aunque sigamos metidos en nuestros cuatro muros personales
o nos hayamos puesto a escuchar alguna música o a hojear
las páginas de un libro.
       Termina la jornada.
       Me retiro lleno de minutos que ahora son cáscaras.

Diario/13 de julio

       Camillera: la noche y su único trabajo sobre la ciudad,
detenida momentáneamente, achicada y sosteniendo el latido,
esperando,  esperando su turno, su minuto de saltar.
       Ese instante de ir por los cuerpos que la están aguardando a esta hora:
cuántos caídos, cuántas bocas que están gritando ahora pidiendo por ella,
que pueda salvarlos o sacarlos del lugar donde se yace.
       Camillera: están gritando por ti, alada señora de las madrugadas.
Están clamando desde los charcos, las alcantarillas, las aceras, los negros baldíos.
       Un grito y otro y otro rasgan la noche.
       Tu otro nombre, tu seña para los muertos con los ojos abiertos.
       Atiende: sal a recoger tu leva de cadáveres, ve por los solícitos acólitos
que cuidan tus altares siempre frescos, que viven por ti, viven en ti,
cayendo de continuo como palos podridos, crujiendo largo por la ciudad.
       Hijastros tuyos esos que cada vez muerden el polvo,
descendiendo en cámara lenta, diciéndote (llamándote) entre oleajes de saliva amarga.
       Recógelos antes de que caigan, o si ya una vez caídos,
tiéndeles tu mullida colcha de las agonías, de las fugadas respiraciones.
       No hundas las orejas en el agua, camillera.
Escucha a quienes te llaman y alárgales tu cadena de señora al menos otra jornada.

Diario/18 de noviembre

Eso de pasar por la calle como cuando se camina dormido
fue lo que hoy sentí al salir para la oficina.
Me dije, me iba diciendo mientras pasaba las dos accidentadas cuadras
hasta la boca del metro.
Qué difícil habitar esta city, esta caja de peroles viejos
esta cueva de animales hambrientos.
Y así iba, sin más, algo melancólico según se me llenaba la cabeza
de incomodidades y desagrados.

 

No es posible sostener esto y sin embargo la carga cae sobre uno
como aguacero que empapa y resfría que ni te cuento.
Mojado, más bien anegado por todas las frustraciones de no ver
sino edificios que se hunden, vehículos escapando
y gente, sobre todo gente, que ha decidido regresar al aullido,
al colmillo, a la desgarradura en público,
al impudor de sacarle tajos al prójimo a plena luz del día,
abriendo la boca solo para mostrar la lengua rota.

 

Qué desgracia.
Siento que camino por un suelo lleno de huesos
en el que las moscas tejen su ronda de visitas e instalan sus salas de parto.
Me pregunto si soy de aquí y sé la respuesta, aunque confieso
que quisiera tener otra menos agria a la mano.

 

Sí, soy de aquí y todos los días voy a trabajar.
Invento subterfugios con los que creo podré salvarme:
leer empedernidamente, disfrutar del amor de los amigos
o de las exclusivas bandejas
que, a su gana, suele acercarme el sexo de vez en cuando.
Siempre poquito, pero bendito.
Y sigo caminando o me detengo antes de bajar unas escaleras.